Arrepentíos y volveos a Dios

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Mientras recorremos el camino de la fe, siempre escuchamos las enseñanzas de Dios sobre el arrepentimiento. Si no comprendemos el verdadero significado del arrepentimiento, es fácil caer en la trampa de pensar: “No tengo nada de qué arrepentirme. ¿De qué tendría que arrepentirme?”

Recordando el amor de nuestro Padre y Madre Celestiales, quienes se sacrificaron para abrir a sus hijos el camino al perdón de los pecados, veamos lo que la Biblia enseña acerca del arrepentimiento, que los santos deben practicar necesariamente hasta el día en que alcancen el reino de los cielos.

“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”

La Biblia describe el arrepentimiento como el acto de lamentar sinceramente todos nuestros pecados pasados y volver a Dios. Cuando Jesús vino a esta tierra hace dos mil años, al predicar el evangelio, lo primero que proclamó fue: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt 4:17).

En la actualidad, cuando el mundo cambia con una rapidez sin precedentes, las palabras “el reino de los cielos se ha acercado” parecen tocarnos aún más de cerca. Hoy, la aparición de la inteligencia artificial (IA) está provocando otra transformación notable en la vida humana. La IA posee una gran capacidad de razonamiento y, a diferencia de las personas, no tiene limitaciones físicas; por eso, cada vez son más los casos en que sustituye mano de obra en diversos ámbitos. A medida que esta tendencia se acelera, se oyen voces de preocupación: mientras la ciencia y la tecnología avanzan de forma asombrosa, los trabajos disponibles para las personas disminuyen gradualmente. Pensar que la IA podría desempeñar incluso las labores de los obreros del evangelio —como dar sermones y realizar la predicación— nos hace estar en alerta y, al mismo tiempo, nos lleva a sentir que el reino de los cielos se ha acercado aún más a nosotros.

En tiempos como estos, ¿qué clase de fe debemos tener? Jesús dijo que debemos arrepentirnos, pues el reino de los cielos está cerca. La palabra “arrepentimiento” implica no solo lamentar el pecado, sino también corregir el camino: un cambio profundo del corazón y de la conducta. No consiste únicamente en confesar, sino en volver sinceramente a Dios con una vida transformada.

Nosotros vinimos a esta tierra por haber desobedecido la voluntad de nuestro Padre y Madre Celestiales en el reino de los cielos. El verdadero arrepentimiento consiste en volver a Dios. Así como el apóstol Pablo dijo: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre” (1 Co 9:27), cada vez que nuestro corazón se disperse y se incline hacia lo mundano, debemos disciplinarnos y gobernarnos para enderezarnos, y mantener siempre la mirada puesta solo en el Padre y la Madre. Puede decirse que quien conserva esta actitud de fe posee un corazón de verdadero arrepentimiento y tiene la idoneidad para avanzar hacia el cielo.

El hijo pródigo que se arrepintió y regresó

Jesús nos enseñó, por medio de una parábola, qué es el arrepentimiento y por qué debemos arrepentirnos.

“También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.” Lc 15:11-24

El hijo pródigo, que había abandonado a su padre y se había hundido en el mundo, solo cuando cayó en la miseria recordó su hogar. En ese momento, decidió volver a su padre y lo puso en práctica. Darse cuenta del pecado, lamentarlo y volver al padre con un cambio de corazón y de conducta: eso es el arrepentimiento. El padre, al ver a su hijo que regresaba, lo reconoció desde lejos y corrió a recibirlo con alegría.

En esta parábola está reflejado tal cual el corazón de Dios, quien dijo: “Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lc 15:7). Como el hijo pródigo de la parábola, nosotros pecamos en el cielo y nos separamos de nuestro Padre y Madre Celestiales (Is 59:2). Por nosotros, el Padre vino hasta esta tierra y, soportando las burlas de los seres humanos —sus criaturas—, derramó su sangre en la cruz; y la Madre sufrió dolor y aflicción en nuestro lugar. Tal como está escrito: “Él herido fue por nuestras rebeliones […] y por sus llagas fuimos nosotros curados” (Is 53:5), todo ello era lo que nosotros debíamos cargar por nuestros pecados y faltas; pero el Padre lo asumió por nosotros y la Madre también lo padeció por nosotros, para que recibiéramos sanidad.

Si meditamos en ese sacrificio, podemos comprender cuán desesperadamente necesitamos un arrepentimiento verdadero. El punto de inflexión del hijo pródigo fue el instante en que recordó a su padre y tomó la firme decisión de volver a él. Del mismo modo, el momento en que nuestro corazón se orienta hacia el Padre y hacia la Madre es el momento mismo del arrepentimiento. Volver por completo a Dios, apartando el corazón y la mirada del mundo, es la culminación del arrepentimiento que el Padre y la Madre desean. Cuando los hijos, que habían sido pecadores, se arrepienten y regresan, Dios los recibe con gozo y los abraza con amor.

Volved a Dios

Dicho de manera sencilla, arrepentirse es volver a Dios. Veamos más pasajes bíblicos relacionados con el arrepentimiento.

“Envió después Ezequías por todo Israel y Judá, y escribió cartas a Efraín y a Manasés, para que viniesen a Jerusalén a la casa de Jehová para celebrar la pascua a Jehová Dios de Israel […] Fueron, pues, correos con cartas de mano del rey y de sus príncipes por todo Israel y Judá, como el rey lo había mandado, y decían: Hijos de Israel, volveos a Jehová el Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, y él se volverá al remanente que ha quedado de la mano de los reyes de Asiria. No seáis como vuestros padres y como vuestros hermanos, que se rebelaron contra Jehová el Dios de sus padres, y él los entregó a desolación, como vosotros veis. No endurezcáis, pues, ahora vuestra cerviz como vuestros padres; someteos a Jehová, y venid a su santuario, el cual él ha santificado para siempre; y servid a Jehová vuestro Dios, y el ardor de su ira se apartará de vosotros […] porque Jehová vuestro Dios es clemente y misericordioso, y no apartará de vosotros su rostro, si vosotros os volviereis a él.” 2 Cr 30:1-9

Cuando Israel estaba dividido en el reino del norte y el de Judá en el sur, el pueblo se hallaba en dificultades nacionales por servir a dioses extranjeros y adorar ídolos. En ese tiempo, el rey Ezequías de Judá, al comprender la importancia de la Pascua tras oír la palabra de Dios por medio del profeta Isaías, envió mensajeros incluso al norte para exhortarlos a celebrar la Pascua juntos. En su carta, pidió al pueblo de Israel y de Judá: “Volved a Jehová”. Aunque llevaban mucho tiempo alejados de Dios, su exhortación fue que ahora se apartaran del pecado, temieran a Dios y, celebrando la Pascua, recibieran juntos las bendiciones.

“Y tú volverás, y oirás la voz de Jehová, y pondrás por obra todos sus mandamientos que yo te ordeno hoy. Y te hará Jehová tu Dios abundar en toda obra de tus manos, en el fruto de tu vientre, en el fruto de tu bestia, y en el fruto de tu tierra, para bien; porque Jehová volverá a gozarse sobre ti para bien, de la manera que se gozó sobre tus padres, cuando obedecieres a la voz de Jehová tu Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos escritos en este libro de la ley; cuando te convirtieres a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.” Dt 30:8-10

Aunque el pueblo hubiera seguido costumbres paganas, adorando ídolos y desobedeciendo a Dios, él prometió bendecirlos en todo si volvían y obedecían de nuevo su palabra. Así, la Biblia enseña una y otra vez que el arrepentimiento es volver a Dios.

La obra de salvación que se cumple mediante el arrepentimiento

El camino por el cual la humanidad recibe bendición es también el camino de volver a Dios, es decir, el arrepentimiento. En el libro de Jonás podemos ver igualmente la bendición y la obra de salvación de Dios que siguen al arrepentimiento.

“Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí. Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. […] Y dijeron cada uno a su compañero: Venid y echemos suertes, para que sepamos por causa de quién nos ha venido este mal. Y echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás.” Jon 1:1-7

El profeta Jonás, al recibir el mandato de ir a Nínive —capital de Asiria, nación enemiga— y proclamar juicio, lo desobedeció y huyó; entonces se encontró con una tempestad en el mar. Al ser señalado por sorteo como quien había provocado la ira de Dios, fue arrojado al mar y, durante tres días, elevó una oración de arrepentimiento desde el vientre de un pez. Dios escuchó su oración y lo sacó del vientre del pez (Jon 1:8–2:10). En cuanto llegó a tierra, Jonás fue directamente a Nínive y proclamó la palabra de Dios.

“Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová. Y era Nínive ciudad grande en extremo, de tres días de camino. Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida. Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos. Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza.” Jon 3:3-6

En la mente de Jonás, obedecer la orden de proclamar destrucción en pleno corazón de la capital enemiga debió de ser aterrador. Sin embargo, tras arrepentirse y cumplir todo conforme a la voluntad de Dios, ocurrió algo inimaginable: los ninivitas, que no creían en Dios, al oír el pregón de Jonás, se arrepintieron delante de Dios, desde el rey hasta el pueblo. Al ver su arrepentimiento, Dios retiró el castigo que había anunciado y otorgó la gracia de salvación a más de ciento veinte mil personas (Jon 3:7-10; 4:10-11).

Detrás de esta historia estuvo el arrepentimiento de Jonás: dejó su propio pensamiento y transmitió exactamente la palabra que Dios le ordenó. Como resultado de su arrepentimiento, pudo entregar un mensaje poderoso que condujo a la salvación de ciento veinte mil ninivitas. El arrepentimiento trae bendiciones tan grandes como estas.

Aunque hayamos venido a Dios y vivamos en la abundancia de sus bendiciones, si en algún momento no obedecemos la palabra, y nuestro corazón se aparta de Dios para perseguir lo mundano, necesitamos arrepentimiento. Con un corazón arrepentido como el de Jonás, proclamemos al mundo entero la luz de la verdad de Cristo Ahnsahnghong y la Madre, la Nueva Jerusalén celestial. Nuestra misión es predicar el evangelio, para que los ocho mil millones de personas se arrepientan, se acerquen a Dios y reciban la bendición de la salvación. Si hay algo, por pequeño que sea, en lo que no hemos seguido plenamente la voluntad de Dios, arrepintámonos y tomemos la delantera en la predicación del evangelio hasta Samaria y hasta los confines de la tierra.

Guiemos a la humanidad por el camino del arrepentimiento

Dios está exhortando a las personas a arrepentirse, a apartarse del pecado y a volver al camino de la vida: el camino de la salvación que conduce al cielo.

“[…] dice Jehová el Señor. Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. 31 Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? 32 Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.” Ez 18:30-32

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.” 2 Pe 3:9-10

En el mundo hay muchas personas que viven sin saber que son pecadores del cielo, ni que el Padre y la Madre han venido a esta tierra para salvar a la humanidad. Debemos darles testimonio y transmitirles diligentemente la palabra a quienes, por no saberlo, no pueden arrepentirse. Anunciemos el evangelio con mayor rapidez, para que nadie quede solo, y guiemos a todos, tomados de la mano, a entrar abundantemente en nuestro hogar eterno: el reino de los cielos.

“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.” Ap 22:17

El Espíritu es Dios Padre, y la Esposa es Dios Madre, la Jerusalén celestial (Ap 21:9-10; Gá 4:26). Nosotros dimos la espalda al Padre y a la Madre en el cielo y descendimos a esta tierra. Por nosotros, sus hijos, el Padre vino personalmente a este diminuto planeta entre innumerables estrellas del universo y nos dice: “Venid a mí” (Mt 11:28). En esta época del Espíritu Santo, la Madre también ha venido y, junto con el Padre, clama para dar el agua de vida a los hijos perdidos (Ap 22:17). Solo cuando toda la humanidad se arrepienta de verdad y regrese al Padre y a la Madre Celestiales, el Espíritu y la Esposa, se cumplirá plenamente la voluntad de Jesús, quien dijo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”.

Ahora es un tiempo valioso en el que, mediante el arrepentimiento, puede realizarse la obra de salvación. Dios concede grandes bendiciones y gracia a quienes se arrepienten. Cuando nos esforcemos en la predicación del evangelio con un corazón arrepentido, Dios —quien obró el arrepentimiento de más de ciento veinte mil personas en una sola ocasión— levantará en todo el mundo una obra asombrosa en la que los ocho mil millonesse arrepientan y regresen. Les ruego que todos lleguen a ser hijos verdaderamente arrepentidos: que sigan con gozo y gratitud adondequiera que guíen el Espíritu y la Esposa, y que conduzcan a toda la humanidad por el camino de la salvación.