La manera correcta de respirar

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El buceo es una actividad en la que se desciende al mar con un equipo que permite respirar bajo el agua para observar el ecosistema marino. Una norma fundamental en esta actividad es no dejar de respirar nunca. Cuanto más profundo se desciende, mayor es la presión del agua, por lo que el volumen del aire se reduce cada vez más1. Por eso, se ejerce presión sobre las partes del cuerpo que contienen aire, como los oídos o los pulmones. Si se deja de respirar, el aire de los pulmones puede comprimirse en exceso y poner en peligro la vida, de modo que es necesario respirar profunda y continuamente para regular la presión interna, y también al subir a la superficie hay que respirar lentamente para reducir los efectos secundarios provocados por la diferencia de presión.

1. Esto se debe a la “ley de Boyle”, según la cual, a una temperatura constante, el volumen de un gas es inversamente proporcional a su presión. Es decir, cuando la presión aumenta, el volumen del gas disminuye, y cuando la presión disminuye, el volumen del gas aumenta.

La respiración es un reflejo involuntario regulado por el bulbo raquídeo, y normalmente ocurre de forma automática, sin que seamos conscientes de ella. Sin embargo, en ciertos momentos regulamos la respiración de manera intencional para calmar la ansiedad y la tensión, o para dar fuerza a la voz y energía a nuestros movimientos. Como en el buceo, hay casos en los que la cantidad de aire que respiramos está directamente relacionada con la vida, y al hacer ejercicio, el momento y la manera de respirar pueden prevenir lesiones y mejorar el rendimiento físico. La respiración adecuada es tanto una técnica como un elemento esencial de seguridad, no solo para locutores, actores de voz y cantantes, que usan la voz de forma directa, sino también para bailarines, instrumentistas, bomberos y pilotos.

La respiración del alma es la oración. También en la vida de fe hay una manera correcta de respirar que debemos tener presente. Dios nos mandó orar siempre y sin cesar (1 Ts 5:17-18). Aunque corramos con diligencia por el camino de la fe, examinemos si no hemos dejado de respirar espiritualmente y si estamos respirando correctamente. Dios presta oído no a una oración ritual o meramente formal, sino a la que se ofrece en espíritu y en verdad (Jn 4:23-24), y a la oración humilde y contrita de quien se humilla ante Él (Sal 10:17, 51:17).

En muchos pasajes de la Biblia podemos ver cómo la obra de Dios se manifestó junto con la oración. Moisés unió a Dios y al pueblo de Israel a través de la oración; Daniel, aun cuando su seguridad corría peligro, no dejó de orar a Dios y fue protegido en el foso de los leones; y Salomón, tan pronto como ascendió al trono, pidió sabiduría para gobernar al pueblo y recibió bendiciones desbordantes. Jesús también nos dio el ejemplo de orar desde el amanecer, mostrándonos que el poder de Dios se manifiesta a través de la oración.

No detengamos la respiración del alma, ya sea cuando enfrentamos dificultades, cuando cada día se siente agobiante, cuando la presión de la realidad se hace difícil de soportar, o incluso en medio de la paz. Así como aprender a respirar correctamente nos permite correr durante más tiempo, la oración que cultivamos cada día fortalece la humildad para examinarnos a nosotros mismos, la fe en que Dios nos ayuda y la fuerza para vencer las batallas espirituales, infundiendo vitalidad a nuestra alma.

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