Recientemente, la inteligencia artificial (IA), una herramienta de la civilización moderna, está provocando muchos cambios en la vida cotidiana. A menudo escuchamos experiencias de quienes la utilizan con frecuencia, así como los problemas sociales que esta genera. Debido a que no son pocos los trabajos que están siendo reemplazados por la IA, muchas personas están perdiendo sus empleos. Los expertos predicen que la influencia de la IA seguirá expandiéndose, hasta el punto de provocar una reestructuración de la sociedad. Al escuchar estas noticias, no podemos evitar preguntarnos cómo será el futuro de la humanidad.
Dios nos enseñó a orar diciendo: “La mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.” (Mt 9:37-38). Aunque ha llegado una época en la que las máquinas reemplazan el trabajo que antes hacían las personas, Dios sigue buscando incluso ahora a quienes trabajen con Él. Cambiemos nuestra manera de pensar y consideremos que Dios ha abierto un tiempo en el que podemos dejar las tareas menores a las máquinas y dedicarnos con mayor fervor a la obra del evangelio del nuevo pacto. Les ruego que lleguen a ser miembros de la familia de Sion que corran con mayor empeño hacia el reino eterno que Dios nos concederá.
Dios nos ha puesto en diversas posiciones, como hijos de Dios y ciudadanos del cielo. En el evangelio, también nos ha llamado compañeros de obra, “colaboradores de Dios” (1 Co 3:9).
“Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios.” 2 Corintios 6:1
Aunque las palabras de los 66 libros de la Biblia son todas llenas de gracia y conmovedoras, este versículo en particular nos llena de orgullo. ¿Acaso una persona que trabaja con el presidente no se sentiría orgullosa en cualquier parte del mundo? Y si conociéramos a alguien que trabaja con el presidente de una gran empresa, pensaríamos que no es una persona común. Si el mundo considera grandes a quienes trabajan con personas importantes, ¿cuánto más nosotros, que trabajamos con Dios? Desde la perspectiva espiritual, ¿quién podría ser más grande que los colaboradores de Dios?
Aprendamos a través de la Biblia con qué actitud y determinación de fe deben recorrer el camino del evangelio quienes trabajan con Dios.
“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.” Juan 12:24-25
Jesús explicó, mediante una ley de la naturaleza, su muerte y cómo surgirían muchos seguidores de Cristo, por medio de los santos que recibieron el perdón de los pecados. Si un grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere y aporta nutrientes al suelo, produce mucho fruto. Cuando quienes trabajan con Dios tienen este espíritu de fe, el evangelio del nuevo pacto se propagará rápidamente hasta Samaria y los confines de la tierra.
Cada uno de los miembros de la iglesia primitiva tenía esta actitud. Entre ellos, el apóstol Pablo vivió una vida de sacrificio, como un grano de trigo.
“Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles. Al oír esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén. Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no solo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.” Hechos 21:10-13
El apóstol Pablo tenía la fe de estar dispuesto a morir por el nombre del Señor Jesús, y por eso produjo mucho fruto conforme a la promesa de Dios. Incluso cuando fue injustamente encarcelado por predicar a Jesús, llevó al carcelero al arrepentimiento (Hch 16:16-34). Este pasaje nos permite comprender claramente su actitud hacia la fe y el evangelio.
“Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.” Hechos 20:22-24
Algunos, preocupados por Pablo, intentaron disuadirlo diciéndole que en Jerusalén le esperaban sufrimientos, prisiones y toda clase de peligros. Sin embargo, él afirmó que iría sin vacilar a cualquier lugar para cumplir la misión recibida del Señor Jesús, enfrentando la situación con valentía. Como resultado, en cada lugar adonde iba se establecían iglesias y el número de los que eran salvos aumentaba día tras día.
Los santos de la iglesia primitiva, incluido Pablo, difundieron el evangelio con rapidez por muchas ciudades y regiones bajo el dominio del Imperio romano, aun arriesgando sus vidas. Dios siempre estuvo con ellos.
La historia pasada quedó escrita como enseñanza para nosotros (Ro 15:4). Al comparar un grano de trigo cuando permanece solo con cuando cae en tierra y muere, reflexionemos sobre qué tipo de fe debemos tener en esta época del Espíritu Santo.
Si nos afanamos por evitar la prueba de la muerte, permaneceremos como un simple grano de trigo; pero si, como el grano que cae en tierra, estamos dispuestos a enfrentar incluso la muerte, produciremos abundante fruto del evangelio. Debemos reflexionar si hemos enfrentado con valentía nuestras pruebas o si hemos evitado las dificultades.
“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. […] Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.” Romanos 8:18-25
El apóstol Pablo pudo estar dispuesto a morir como un grano de trigo que cae en tierra porque tenía esta fe: que la verdadera esperanza consiste en anhelar el mundo invisible y que los sufrimientos presentes no se comparan con la gloria futura. Por eso no temía, aunque le esperaban prisiones y tribulaciones.
Pablo no era alguien que huía ante las dificultades. Con la firme fe de que Dios le había dado no solo una misión, sino también una promesa eterna que cumpliría, proclamaba el evangelio con valentía en todo lugar.
“Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” 2 Corintios 4:16-18
En las cartas que envió a las iglesias de diversas regiones, Pablo dejó constantemente esta enseñanza: “La verdadera esperanza no es anhelar el mundo visible, sino el invisible. Las cosas invisibles del cielo son las que verdaderamente son eternas. Perseveremos y esperemos hasta alcanzar el reino de los cielos que anhelamos”. Nosotros también debemos tener esta fe. Si un grano de trigo no se descompone, es decir, si no muere, permanece como un solo grano y no produce ningún fruto. Si seguimos viviendo para nosotros mismos, buscando destacar nuestra propia existencia, evitando continuamente las dificultades y sin superar debidamente las circunstancias que enfrentamos, no podremos lograr nada. En el tiempo de vida que se nos ha dado, debemos reflexionar y hacer planes sobre qué debemos sembrar como quienes trabajan con Dios.
Así como en la vida cotidiana debemos ser fieles a las responsabilidades que se nos han encomendado, también nosotros debemos dedicarnos con aún mayor empeño a la misión del evangelio que se nos ha encomendado. Pablo y los santos de la iglesia primitiva valoraban más las cosas invisibles y eternas del cielo, y corrieron con empeño. Por ello, el evangelio se propagó rápidamente no solo en Jerusalén y en la región de Judea, sino también hasta Asia Menor y Europa.
En aquel tiempo no había aviones ni existían medios de transporte comparables. A lo sumo, contaban con embarcaciones de madera impulsadas por el viento. ¿Puede imaginarse que salieran por todo el mundo entero en barcos de madera para predicar el evangelio? Aun en condiciones tan precarias, los apóstoles y los santos de la iglesia primitiva no vacilaron ni siquiera escatimaron su propia vida con tal de proclamar al mundo la misión que habían recibido de Cristo. Esto fue así porque tenían la firme convicción de que eran colaboradores de Dios.
Al igual que ellos, también nosotros hemos sido llamados a trabajar con Dios.
“el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.” 2 Corintios 3:6
“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” Mateo 28:18-20
Dios encomendó la misión del evangelio a sus hijos y desea que sean obreros del nuevo pacto. Esta no fue una misión dada solamente a Pablo ni únicamente a los santos de la iglesia primitiva. Es una misión concedida hoy a todos nosotros.
Ya que Dios nos ha concedido tiempo y oportunidad para vivir con una fe como la que tuvo Pablo, esforcémonos diligentemente por cumplir la misión del evangelio que se nos ha dado a cada uno. Cuando un agricultor termina la cosecha de otoño y concluye incluso la trilla, puede recibir el invierno de ese año con tranquilidad; pero si va postergando su trabajo y finalmente llega el invierno sin haberlo terminado, su situación llegará a ser para él una gran carga y un gran peso.
Si tenemos una determinación tan firme que estemos dispuestos incluso a morir, como Pablo y los santos de la iglesia primitiva, no habrá nada que no podamos lograr. Espero que, allí donde cada uno se encuentre, se conviertan en obreros del evangelio que anuncien a Cristo Ahnsahnghong y a la Nueva Jerusalén, la Madre Celestial, y que den a conocer plenamente la verdad del nuevo pacto para ayudar a todos los pueblos del mundo a volver al regazo de Dios y recibir la salvación.
También podemos descubrir la providencia de Dios a través de un elemento natural como el árbol. El árbol echa raíces profundas en la tierra y no evita ni el sol abrasador del pleno verano ni la lluvia y el viento impetuosos. Si huyera de todas esas pruebas, no podría esperarse de él ni flor ni fruto alguno. Soportar y vencer en silencio en su propio lugar: ese es el destino del árbol.
Nosotros tampoco debemos limitarnos a evitar las situaciones difíciles. Más bien, si frente a la crisis que enfrentamos, oramos a Dios y tomamos la firme determinación de anunciar cuanto antes a las personas las buenas nuevas del reino de los cielos, la situación será completamente distinta de cuando simplemente avanzamos sin rumbo claro. Dios mira nuestro corazón y transforma todas las circunstancias.
Debemos tener la identidad de los que trabajan con Dios. Hasta el punto de que, si alguien nos pregunta: “¿A qué se dedica?”, podamos responder: “Soy una persona que trabaja con Dios”. Sin importar la posición o la situación en que nos encontremos, hagamos todo lo posible por realizar la obra de Dios que esté a nuestro alcance. Más que procurar solo nuestra propia tranquilidad, más que vivir cómodamente en nuestro refugio, espero que todos lleguen a ser santos que enfrenten también la lluvia y el viento, y que finalmente florezcan y den frutos abundantes.
Sé que cada uno tiene muchas dificultades en su situación. Sin embargo, el apóstol Pablo no evitó una por una esas dificultades, sino que las enfrentó y las superó; por eso, Dios le concedió grandes bendiciones. Sean cuales sean las pruebas y tentaciones que vengan, nosotros tenemos a Dios. Él no solo está con nosotros, sino que también nos ayuda y abre el camino para que lo que hagamos prospere.
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo. Buscarás a los que tienen contienda contigo, y no los hallarás; serán como nada, y como cosa que no es, aquellos que te hacen la guerra. Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo. No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor.” Isaías 41:10-14
En la historia de los antepasados de la fe, ¿hubo acaso algo que Dios no pudiera hacer? Él realizó incluso el milagro inimaginable de liberar de un día para otro a los israelitas, que habían vivido como esclavos en Egipto durante más de cuatrocientos años. Fue también Dios quien abrió el mar Rojo, que se interponía en su camino, y les hizo una senda.
Dios sigue ayudando aún hoy a quienes trabajan con Él. Ruego una vez más que toda la familia de Sion llegue a ser obrera del nuevo pacto que trabaja con Dios, y que haga brillar intensamente la luz del evangelio en todo el mundo, sin dejar ni un solo lugar sin alcanzar.