Cuando examinamos la Biblia, podemos encontrar en ella tres panes milagrosos. El primero es el “maná”, el alimento misterioso que Dios proveyó al pueblo de Israel durante su vida en el desierto; el segundo es el pan milagroso con el que Jesús alimentó a cinco mil personas con cinco panes de cebada y dos pececillos; y el tercero es el pan de la Pascua, que Jesús prometió como su propia carne.
Que durante cuarenta años en el desierto descendiera del cielo, cada día, alimento suficiente para que millones de personas lo comieran no fue un hecho común. En ese sentido, el maná es sin duda un pan milagroso. La Multiplicación de los panes y los peces también fue un milagro realizado personalmente por Jesús. Sin embargo, Cristo Ahnsahnghong nos enseñó que el pan de la Pascua, que concede la vida eterna por medio de la carne y la sangre de Jesús, es el más grande de los panes milagrosos. Examinemos, a través de la Biblia, el pan milagroso que Dios concede a la humanidad.
Veamos qué enseñanza dio Jesús acerca de estos tres tipos de pan.
“Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud […]. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos? Entonces Jesús dijo: Haced recostar la gente. Y había mucha hierba en aquel lugar; y se recostaron como en número de cinco mil varones. Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada. Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido.” Juan 6:5-13
Jesús realizó el milagro de alimentar a cinco mil personas con cinco panes de cebada y dos peces. Este acontecimiento también es conocido como la “Multiplicación de los panes y los peces”.
Cinco panes de cebada y dos pececillos eran una cantidad absolutamente insuficiente para que cinco mil personas comieran. Sin embargo, cuando Jesús dio gracias, aquella gran multitud comió hasta saciarse, y el resultado fue tan extraordinario que los restos llenaron doce cestas. Después de ver un milagro, la multitud continuó siguiendo a Jesús, esperando presenciar otro.
“Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a este señaló Dios el Padre.” Juan 6:26-27
Aunque fue un pan milagroso con el que cinco mil personas comieron hasta saciarse gracias a la bendición de Jesús, aquel pan no contenía la promesa de la vida eterna. Por eso Jesús les dijo que no trabajaran por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para vida eterna. El pan que verdaderamente quería dar a la humanidad era el alimento que conduce a la vida eterna; por eso llamó “alimento que perece” al pan que utilizó para la Multiplicación de los panes y los peces.
Sin embargo, la gente continuó pidiendo a Jesús alimento físico. La multitud que lo seguía no creyó en Cristo, aunque lo veía delante de sus propios ojos, y le pidió que les mostrara una señal para poder creer en él.
“Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer.” Juan 6:29-31
Ellos dijeron que sus antepasados habían comido el maná, el pan descendido del cielo en el tiempo del desierto, y esperaban que Jesús continuara mostrando un milagro semejante. Jesús señaló que, aunque en el pasado el pueblo de Israel comió el maná, finalmente llegó a morir, y evaluó el maná que descendió en el desierto como “pan que, aun comiéndolo, conduce a la muerte”.
“Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente.” Juan 6:49-58
Jesús afirmó que él es el “pan vivo que descendió del cielo”, es decir, la realidad del maná, y enfatizó repetidamente que quien come la carne y bebe la sangre del Hijo del Hombre tiene vida eterna. Sin embargo, aquellos que solo buscaban alimento físico se desconcertaron diciendo: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”. Al no comprender sus palabras, la mayoría de los cinco mil lo abandonó poco tiempo después (Jn 6:59-66).
Entonces, ¿cómo podemos comer la carne de Jesús, que es la realidad del maná? Jesús concedió la Pascua del nuevo pacto como la verdad por medio de la cual podemos comer el maná espiritual.
“El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, vinieron los discípulos a Jesús, diciéndole: ¿Dónde quieres que preparemos para que comas la pascua? Y él dijo: Id a la ciudad a cierto hombre, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la pascua con mis discípulos. Y los discípulos hicieron como Jesús les mandó, y prepararon la pascua. […] Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.” Mateo 26:17-19, 26-28
El pan de la Pascua simboliza el cuerpo de Jesús y el vino de la Pascua simboliza su sangre preciosa. En Juan 6, Jesús declaró que él es el maná descendido del cielo y dijo: “El que come la carne del Hijo del Hombre y bebe su sangre tiene vida eterna”. Puesto que prometió el pan y el vino de la Pascua como su carne y su sangre preciosas, al guardar la Pascua comemos y bebemos la carne y la sangre de Cristo, que es la realidad del maná y el alimento de vida.
Entre el pan del milagro de la Multiplicación de los panes y los peces, el maná descendido del cielo y el pan de la Pascua, el verdadero pan milagroso es el de la Pascua. Los otros panes pueden resolver el hambre temporalmente, pero no pueden dar vida eterna. Quienes comieron el maná y quienes comieron el pan de la Multiplicación de los panes y los peces murieron finalmente. Por eso Jesús los calificó como alimento que perece, como pan que, aun comiéndolo, conduce a la muerte.
El pan y el vino de la Pascua son el alimento espiritual que simboliza su carne y sangre, y Jesús dijo que resucitará en el día postrero a quien los coma y beba. Cristo Ahnsahnghong, quien restauró en esta época la Pascua del nuevo pacto, expresó que esta es el medicamento que impide la muerte, y predicó que el mayor milagro no es que alguien sea sanado temporalmente, sino que reciba vida eterna por medio del pan de vida.
El pan de la Pascua contiene la promesa de Dios de conceder la vida eterna. Debemos grabar una vez más en nuestro corazón que es un pan verdaderamente precioso concedido por Dios a la humanidad, y guardar con diligencia la ordenanza de la Pascua.
Después de la ascensión de Jesús, los apóstoles, conforme a la enseñanza del Señor, continuaron guardando con gran estima la Pascua, que es la verdad del nuevo pacto que da vida (1 Co 5:7-8, 11:23-26). Sin embargo, debido a la interferencia de Satanás, desde finales de la época apostólica comenzó a infiltrarse la iniquidad, que quebranta la ley, dentro de la Iglesia; la verdad fue corrompiéndose y siendo destruida, hasta que en el año 325 d. C., mediante el Concilio de Nicea, la Pascua fue completamente abolida. Así, la oportunidad de que la humanidad comiera el alimento que concede la vida eterna desapareció por completo.
Los historiadores denominan Edad Oscura al período medieval en el que la verdad había desaparecido. Tras atravesar esa larga Edad Oscura de más de mil años, Cristo ha de venir por segunda vez para salvar a la humanidad en un mundo donde la verdad de vida había sido eliminada.
“Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.” Hebreos 9:27-28
El propósito de la segunda venida de Cristo es conducirnos a la salvación. Para los seres humanos, que están destinados a morir a causa del pecado, la salvación significa vida eterna; y el alimento milagroso que concede la vida eterna es el pan y el vino de la Pascua del nuevo pacto que Jesús estableció hace dos mil años. En consecuencia, para la salvación de la humanidad, Jesús debe venir nuevamente y restaurar la Pascua del nuevo pacto, que es la verdad de vida.
“Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados. Y destruirá en este monte la cubierta con que están cubiertos todos los pueblos, y el velo que envuelve a todas las naciones. Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra; porque Jehová lo ha dicho. Y se dirá en aquel día: He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; este es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación.” Isaías 25:6-9
El profeta Isaías anunció la aparición de Aquel que ofrecería un banquete con vinos refinados y destruiría la muerte para siempre. Que la muerte sea destruida para siempre significa, dicho de otro modo, conceder la vida eterna. En los 66 libros de la Biblia, el único vino que contiene la promesa de la vida eterna es el de la Pascua. Y puesto que la Pascua no fue celebrada durante aproximadamente 1600 años después de haber sido abolida en el Concilio de Nicea, quedó descrita como “vino refinado” o “vino añejo”.
En el mundo existen innumerables iglesias y muchas personas que estudian la Biblia; sin embargo, nadie pudo encontrar la verdad de la Pascua. Esto se debe a que la Pascua es la verdad de vida que solo Dios puede dar a conocer. Tal como está escrito: “la comida que el Hijo del Hombre os dará”, el alimento que concede la vida eterna solo Cristo puede otorgarlo. Aquel que restauró la verdad perdida de la Pascua y concede a todos los pueblos el alimento de vida, guiándonos a todos por el camino de la vida eterna mediante la Pascua del nuevo pacto, es nuestro Dios.
Conforme a la profecía de que Dios prepararía el banquete de vida de la Pascua y que permitiría nuevamente a la humanidad comer el pan milagroso que había sido perdido, quien en esta época ha vuelto a permitir la Pascua, el pan milagroso, es Cristo Ahnsahnghong. Cristo vino por segunda vez a esta tierra y otorgó nuevamente a la humanidad la gracia de la vida eterna, la mayor bendición. Por lo tanto, Cristo Ahnsahnghong, quien nos enseñó la verdad de la Pascua del nuevo pacto y dio a conocer a la Madre celestial, la realidad del nuevo pacto, es el Cristo que ha venido por segunda vez para nuestra salvación, y es nuestro Dios.
Hoy, por la gracia de Dios, conmemoramos cada año esta preciosa ceremonia de la Pascua. Recordando que el pan y el vino de la Pascua contienen la promesa de vida de Dios, debemos guardar la fiesta de la Pascua con todo nuestro corazón y con toda nuestra mente. No fue por nuestra propia sabiduría que llegamos a comprender y guardar la verdad de la Pascua; fue Dios quien nos llamó a la verdad del nuevo pacto y nos hizo partícipes del santo banquete de vida. Dando gracias a Dios por habernos concedido el pan milagroso entre todos —el pan y el vino de la Pascua—, jamás debemos perder ni menospreciar el pan de vida que Dios nos ha otorgado, hasta el momento en que entremos en el reino eterno de los cielos.
La Iglesia de Dios, que cree en Cristo Ahnsahnghong, quien vino con un nombre nuevo, guarda la Pascua del nuevo pacto conforme a su enseñanza y cree en la Madre celestial, la Nueva Jerusalén. Actualmente se está estableciendo a una velocidad asombrosa en todas las regiones del mundo. Esta no es una obra que pueda producir el hombre; es la obra que Dios realiza. Aún hay muchas almas que están hambrientas y sedientas, sin poder encontrar la verdad. Debemos cumplir fielmente nuestra misión de conducir a todas las almas a Sion —el lugar de salvación que Dios preparó para nosotros desde antes de la creación del mundo— y compartir con ellas el pan milagroso. Sion es un lugar siempre lleno de gozo y alegría, así como de acción de gracias y de cánticos (Is 51:3). Anunciando diligentemente la Pascua, el pacto de vida y llevando el pan milagroso a todos los rincones del mundo, debemos convertirnos en hijos celestiales que inviten a toda la humanidad al banquete de gozo que nuestro Padre y nuestra Madre celestiales preparan.