Las Palabras de Amor de la Madre

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Las “Palabras de Amor de la Madre”, que traen paz, comienzan en la iglesia y se están difundiendo hacia los hogares, hacia el prójimo y hacia el mundo entero. Las “Palabras de Amor de la Madre” son palabras que expresan consideración, valor, apoyo y aliento. Cualquiera puede ofrecer elogios cuando alguien ha hecho algo perfectamente; sin embargo, no parece tan fácil dar ánimo y fortaleza a alguien que se siente desanimado o insuficiente. Cuando nosotros, los hijos de Dios, estamos agotados y exhaustos, estas “Palabras de Amor de la Madre” nos levantan, fortalecen nuestra fe y nos alientan a anhelar el reino de los cielos.

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento contienen enseñanzas sobre el poder de las palabras, las cuales Dios dio a través de los profetas y que Jesús mismo enseñó. En este sentido, la campaña de las “Palabras de Amor de la Madre” que la Iglesia de Dios está llevando a cabo actualmente es una iniciativa importante que promueve cambios individuales y sociales, transformando al mundo entero conforme al reino de Dios.

Las palabras tienen el poder de crear y destruir

Las palabras son herramientas poderosas. A través de su palabra, Dios creó la luz y la vida, y estableció el orden en el universo.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.” Génesis 1:1-5

El capítulo 1 de Génesis muestra que Dios llevó a cabo la creación en seis días mediante su palabra. ¡Cuán poderosa es la palabra de Dios!

Las palabras tienen el poder de crear, pero también de destruir. Una sola palabra imprudente es capaz de destruir relaciones e incluso conducir a consecuencias irreversibles. Incluso una pareja que ha prometido firmemente amarse siempre hasta que sus cabellos encanezcan puede destruir su familia si se hieren mutuamente con palabras. Las palabras pueden destruir no solo una familia, sino también una sociedad y una nación.

Pensemos en lo que los israelitas dijeron en el desierto. Cuando los doce espías regresaron de explorar la tierra de Canaán, diez de ellos hablaron negativamente, desconfiando de la promesa de Dios de darles aquella tierra. Los israelitas se desanimaron tanto por su informe negativo que dijeron: “Nunca podremos entrar en la tierra de Canaán, y todos moriremos en el desierto”. Tal como dijeron, Dios declaró que ninguno de ellos entraría jamás en la tierra de Canaán. Pero, ¿qué hay de Josué y Caleb, quienes alentaron al pueblo diciendo: “Ellos son nuestro pan. No tengan miedo. Puesto que Dios nos ha prometido la tierra, ciertamente prevaleceremos sobre ella”? Solo a estos dos hombres se les permitió entrar en la tierra de Canaán, de entre los seiscientos mil varones de veinte años en adelante. Todo ocurrió conforme a sus palabras (Nm 13-14).

La muerte y la vida están en poder de la lengua

Veamos lo que el libro de Proverbios nos enseña sobre el poder de las palabras.

“La muerte y la vida están en poder de la lengua, Y el que la ama comerá de sus frutos.” Proverbios 18:21

El poder de la lengua se refiere a la “palabra”. Dios ha hecho saber a la humanidad que el poder sobre la vida y la muerte depende de nuestras palabras. Esto significa que debemos ser sumamente prudentes al hablar y que, incluso para pronunciar una sola frase, debemos reflexionar y pensar varias veces antes de expresarnos.

“La blanda respuesta quita la ira; Mas la palabra áspera hace subir el furor. La lengua de los sabios adornará la sabiduría; Mas la boca de los necios hablará sandeces. Los ojos de Jehová están en todo lugar, Mirando a los malos y a los buenos. La lengua apacible es árbol de vida; Mas la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu.” Proverbios 15:1-4

Hay lenguas que dicen palabras suaves y buenas, y hay otras que dicen palabras perversas. Si el pueblo de Israel hubiera tenido una lengua apacible durante su vida de 40 años en el desierto, habrían dicho: “¡Oh Dios, cuánto se ha esforzado para sacar a esta gran multitud de la tierra de Egipto, donde éramos esclavos, y guiarnos hasta Canaán! ¡Gracias por darnos el maná diario y por permitir que el agua fluya de la roca para saciar nuestra sed!”. Sin embargo, tuvieron una lengua perversa que no dejaba de proferir quejas y murmuraciones. Dijeron: “No hay nada para comer excepto este maná en el desierto”, y “¿Acaso nos sacaste al desierto para hacernos morir de sed?”. A ninguna de las personas que dijeron estas cosas se le permitió entrar en la tierra de Canaán. Dios nos advierte repetidamente que no sigamos su ejemplo; es decir, que no tengamos una lengua dada a la murmuración como la de ellos (1 Co 10:1-11).

“Martillo y cuchillo y saeta aguda Es el hombre que habla contra su prójimo falso testimonio.” Proverbios 25:18

El falso testimonio se refiere a la difamación. Cualquiera que no hable bien de su prójimo, sino que lo difame a sus espaldas y tuerza la verdad, es como un martillo, un cuchillo o una saeta aguda. Debemos evitar los comentarios críticos y burlones, así como el habla falsa y difamatoria, ya que son palabras que destruyen a las personas. Por el contrario, una sola palabra puede levantar a quien está desanimado e incluso despertar a las almas dormidas. Las palabras sinceras de consuelo y aliento tienen el poder de edificar a una persona.

Las palabras pueden traer salvación o destrucción

La Biblia registra que una sola palabra puede determinar el destino eterno en el cielo o en el infierno. Pensemos en los dos malhechores que fueron crucificados con Jesús. Un malhechor, para ganarse el favor de la multitud, se puso de su lado y se burló de Jesús diciendo: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”. El otro malhechor lo reprendió y se puso del lado de Jesús, diciendo: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este ningún mal hizo”. Así defendió a Jesús, reconociéndolo como un hombre justo. Luego le dijo: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Jesús le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23:32-43). Con estas palabras, Jesús le concedió la gracia de la salvación.

El malhechor que fue salvo no conocía el Nuevo Pacto ni guardó la Pascua. En otras palabras, no había realizado ninguna obra que se considerara un requisito para la salvación. Sin embargo, Dios le permitió ser salvo de manera especial. Por una sola palabra, Dios reconoció que él era digno de entrar en el reino de los cielos.

Podemos comprender plenamente que nuestras palabras pueden atraer la destrucción o conceder la salvación a través de las palabras de los malhechores crucificados junto a Jesús, así como de las palabras de quienes entraron en Canaán y de quienes perecieron durante su vida de 40 años en el desierto.

Por lo tanto, creo que Sion, el refugio de la salvación, debe ser siempre un lugar lleno de gracia con las Palabras de Amor de la Madre. Practiquemos y usemos siempre palabras que inspiren un despertar espiritual, palabras que sean gratas, palabras que edifiquen a los demás, palabras que glorifiquen a Dios y palabras que nos traigan alegría y felicidad mutua.

Esto se aplica no solo en la iglesia, sino también al hablar en el hogar. Si hasta ahora nos hemos sentido tímidos al decir tales palabras, comencemos a practicarlas desde ahora. Despertemos esa sensibilidad que no hemos cultivado. “¡Cariño, Ánimo! Dios te bendecirá abundantemente y todo saldrá bien”, “Nuestros hijos también te están apoyando y yo siempre oro por ti”. Digan estas palabras de apoyo y aliento a sus cónyuges. Apóyense mutuamente no solo con palabras, sino también con mucha oración. Debemos dedicarnos siempre a la oración —por nuestras familias, por nuestros vecinos y conocidos, por nosotros mismos y por el futuro de la iglesia— mientras practicamos continuamente las Palabras de Amor de la Madre.

De la abundancia del corazón habla la boca

Las palabras surgen del corazón y se manifiestan hacia afuera. Se puede decir que nuestras palabras son una expresión de nuestra personalidad interna. Jesús también enseñó que nuestras palabras revelan el estado de nuestro corazón.

“No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.” Lucas 6:43-45

La razón por la cual salen de la boca palabras de chismes, críticas y malicia es porque Dios no está en ese corazón. Como dicen las Escrituras: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (Jn 6:56); si Cristo mora en nosotros, deben brotar de nosotros buenas palabras.

Si deseamos corregir nuestro hablar, primero debemos transformar nuestro corazón. Cuando el corazón cambia, el habla se corrige por sí sola. Si hay amabilidad en el corazón, las palabras serán amables; y si transformamos nuestro corazón en uno manso, nuestras palabras también serán mansas.

“Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. Él respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.” Mateo 15:21-28

Jesús rechazó inicialmente a la mujer gentil que buscaba su gracia, diciendo que no estaba bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Sin embargo, la mujer, que se había acercado con fe en Jesús y un corazón manso, en lugar de enojarse diciendo: “¿Cómo puede decirme tales palabras?”, pidió gracia nuevamente con humildad diciendo: “Sí, Señor”. Jesús, al ver la fe de la mujer a través de esta prueba, sanó a su hija diciéndole: “Grande es tu fe”. ¿No es la razón por la que esta historia está registrada en la Biblia que Dios desea que nosotros también poseamos una fe semejante y sigamos su camino?

Sea pronto para oír, tardo para hablar

En el cuento de “El patito feo”, el protagonista, que en realidad es un cisne, tiene una apariencia y un graznido distintos a los de los patos. No debemos pensar a la ligera que podemos usar un lenguaje mundano o secular solo porque vivimos en este mundo. Puesto que Dios nos ha llamado su linaje, nuestro lenguaje debe ser digno de los hijos de Dios.

El mandamiento de esforzarnos en la predicación para salvar al mundo también nos fue dado para que usemos buenas palabras. Al predicar, naturalmente empleamos muchas de las palabras que Dios nos ha enseñado; al usarlas con frecuencia, nos familiarizamos con ellas y nos acercamos más a Dios. Por favor, tengan presente que esta es una de las razones por las que debemos predicar con diligencia.

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. […] Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace.” Santiago 1:19-25

Ser “tardo para hablar” significa pensar con prudencia antes de expresarse. Aunque debemos escuchar atentamente a los demás, debemos evitar hablar de manera descuidada o impulsiva. Incluso si comprendemos la importancia de nuestras palabras y decidimos usar un buen lenguaje, es fácil olvidarlo al enfrentar situaciones de la vida real. Lo que realmente importa es ponerlo en práctica.

“[…] todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, este es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno.” Santiago 3:1-6

La lengua es un mundo de injusticia y, aunque es un miembro pequeño, puede consumir toda nuestra vida. En este mundo, a menudo vemos casos en los que una sola palabra arruina una vida entera.

Practiquemos las “Palabras de Amor de la Madre” comenzando desde nuestros hogares, consolándonos unos a otros y resolviendo todos los conflictos y problemas. Si a través de nuestras palabras somos transformados nosotros, nuestras familias y el mundo entero, entonces el reino eterno de los cielos vendrá sin duda alguna. Seamos santos de Sion que traen paz y alegría al mundo, predicando diligentemente el evangelio junto con el mensaje del buen uso de las palabras.

Las palabras que traen bendición y paz

Las “Palabras de Amor de la Madre” que traen paz constan de los siguientes nueve puntos:

  • La primera palabra hacia la paz: “¿Cómo está usted?”.
  • Exprese gratitud incluso por pequeños esfuerzos y actos de amabilidad: “Muchas gracias. Todo fue posible gracias a usted. Ha hecho un gran esfuerzo”.
  • Una frase que derrite el corazón: “Lo siento mucho. Debe haber sido difícil para usted”.
  • Una palabra que abraza las faltas. Intente comprender a los demás primero: “Está bien. Lo entiendo”.
  • Cuando se sienta impaciente, tómese un momento y dé paso a otros: “Usted primero, por favor”.
  • Cuando las opiniones difieren, escuche más atentamente a los demás: “Me encantaría escuchar más sobre lo que piensa”.
  • Envíe su apoyo y ánimo sinceros: “Oraré por usted (lo animaré). Todo saldrá bien”.
  • La consideración comienza prestando atención a quienes lo rodean: “¿Puedo ayudarlo en algo?”.
  • Los elogios sinceros brindan felicidad a ambas partes: “Es increíble. ¡Lo está haciendo muy bien!”.

Aunque es importante predicar el Día de Reposo y la Pascua, también es vital seguir y proclamar plenamente las enseñanzas del Padre y la Madre celestiales mediante la práctica de las “Palabras de Amor de la Madre” en nuestra vida diaria. Tengan presente que nuestras palabras pueden traer paz cuando se usan sabiamente, pero pueden destruirlo todo cuando se usan descuidadamente. Les ruego encarecidamente que se apoyen, animen y fortalezcan unos a otros con las “Palabras de Amor de la Madre”, como hermosos hijos de Dios.