El telescopio del Espíritu Santo y la gratitud

Desde la aparición del telescopio, el mundo del ser humano se amplió considerablemente. El hecho de que, más allá de la Tierra, existan cientos de millones de estrellas y galaxias cambió la forma de pensar de las personas. Gracias a quienes hicieron del espacio exterior otro escenario de actividad, ámbitos como el mundo académico, el arte y la industria se expandieron hacia el universo.
Cuando solo miramos lo que tenemos justo delante, nuestros pensamientos también se quedan ahí. Al enfrentarnos a un obstáculo, solo vemos el obstáculo, y al subir una cuesta, nos concentramos únicamente en lo agotador de la subida. El cerebro identifica lo negativo como un peligro y lo percibe con mayor intensidad; por eso, cuando nos dejamos atrapar por las emociones negativas, resulta difícil tomar decisiones constructivas. Para el pueblo de Israel que salió de Egipto, en realidad todo lo que había en el camino hacia Canaán era motivo de agradecimiento: haber sido liberados de la esclavitud, haber recibido la promesa de Canaán —la tierra de esperanza—, no haber pasado hambre ni haber sufrido el desgaste de su ropa. Sin embargo, pensando solo en el mar Rojo que bloqueaba su camino y en el árido desierto que tenían ante sus ojos, fue perdiendo poco a poco la gratitud, hasta que terminó quejándose y pereciendo.
Por el contrario, la vida de quienes miran una dimensión más alta a través del telescopio del Espíritu Santo está llena de gratitud. Cuando tenemos una visión amplia, podemos ver el esfuerzo de quienes se afanan junto a nosotros, la felicidad que disfrutaremos al superar las dificultades y cómo nosotros mismos nos vamos fortaleciendo. Cuanto más levantamos la mirada y contemplamos el panorama completo, menos abrumadores nos parecen los obstáculos. Esto no significa ser simplemente optimistas ante la realidad. Mientras buscamos lo positivo en cada situación y damos gracias por ello, nos concentramos menos en las emociones negativas, y cuanto más agradecidos estamos por lo que nos ha formado hasta hoy, más humildes nos volvemos y menos nos quejamos.
Si hasta ahora solo hemos agradecido las cosas buenas, la bondad ajena o lo que poseemos, tratemos de practicar, con una perspectiva más amplia, una gratitud más profunda, amplia y abundante. Demos gracias a Dios en los distintos ámbitos de la vida, desde las pequeñas felicidades cotidianas que solíamos pasar por alto hasta la familia, el trabajo, la salud y la gracia de la salvación. Cuanto más concreta es nuestra expresión de gratitud, más genuina se vuelve nuestra gratitud. Cuando oraba, cuando asumía un ministerio y cuando enviaba una carta a una iglesia local, el apóstol Pablo agradecía a Dios por la gracia de predicar el evangelio y expresaba su gratitud por el esfuerzo de sus colaboradores. David, quien recibió de Dios el título de “varón conforme a mi corazón”, dio gracias incluso en los momentos en que su vida corría peligro por ser perseguido por el rey Saúl, y Daniel no dejó de orar dando gracias a Dios aun sabiendo que sería arrojado al foso de los leones. Como el profeta Habacuc, quien se regocijó aun cuando la higuera no floreciera, no hubiera plantas en el campo ni vacas en el establo, la gratitud brota cuando creemos en la providencia de Dios que nos guía a la salvación en cualquier circunstancia.
“Dad gracias en todo” es el mandamiento de amor que Dios nos dio para que pongamos la mirada no en esta tierra donde moramos por poco tiempo, sino en la patria celestial donde habitaremos por siempre. Cuando el cansancio de la vida pese sobre nuestros hombros y nuestro corazón se tambalee, miremos el mundo eterno a través del telescopio del Espíritu Santo. El lugar donde desplegaremos nuestra esperanza sigue brillando sin cambiar.
“Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.” Col 2:6-7