¡Haga que me sea dada palabra al abrir mi boca, a fin de dar a conocer sin temor el misterio del evangelio!

Jonás 1-3

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Una nave rumbo a Tarsis estaba a punto de hacerse pedazos por una tempestad muy grande en el mar. Los marineros echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos, y cada uno clamaba a su dios. Sin embargo, seguía la tormenta tan violenta. Por eso, echaron suertes para saber por causa de quién les había venido ese mal. Y la suerte cayó sobre una persona. Su nombre era Jonás.

“Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí.”

Nínive era la capital de Asiria, un país poderoso, y el pueblo era brutal y no conocía a Dios. Dios planeó juzgar a los ninivitas cuya maldad era muy grande, y escogió a Jonás como profeta para anunciar su voluntad. Pero Jonás desobedeció el mandamiento de Dios por miedo, y se dirigió a Tarsis.

Ya que el mar se iba embraveciendo más y más, los marineros tuvieron más temor y echaron a Jonás al mar. El mar se aquietó de su furor y un gran pez se tragó a Jonás. Estando en el vientre del pez tres días y tres noches, Jonás oró a Dios arrepintiéndose. Entonces el pez vomitó a Jonás en tierra.

Dios dijo otra vez a Jonás:

“Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré.”

Nínive era una ciudad grande en extremo, de tres días de camino. Jonás entró valientemente en Nínive como Dios le había mandado, y comenzó a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba a gran voz la palabra de Dios. Entonces, ocurrió algo inimaginable. Después de escuchar el grito de Jonás, los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos. El rey de Nínive también se levantó de su silla, se cubrió de cilicio e hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey, diciendo:

“Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?”

Al ver Dios lo que hicieron los ninivitas, cambió de parecer y no llevó a cabo la destrucción. Así, 120 mil ninivitas fueron salvos.

“¿Me escucharán los que no creen en Dios? Se reirán de mí y se burlarán de mí señalándome con el dedo. Hasta podrían matarme.” Jonás fue atacado por todo tipo de preocupación y temor, por lo que huyó. Sin embargo, cuando venció su miedo y proclamó valientemente la palabra de Dios, ocurrió un milagro: 120 mil personas se arrepintieron en un día.

En esta época, la gran historia de la salvación está reservada ante nosotros: el mundo entero se arrepiente a través del agua de la vida que sale de la Madre celestial. En los lugares donde la gente proclama valientemente el evangelio, se cumple una espléndida historia. Ahora, echemos fuera las dudas y el miedo de nuestra mente. Los que creen absolutamente en Dios Elohim y anuncian la salvación de la Madre celestial con confianza y valor, experimentarán un asombroso milagro que nunca antes habían visto.

¡Haga que me sea dada palabra al abrir mi boca, a fin de dar a conocer sin temor el misterio del evangelio!

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