La verdadera piedad filial empieza con la comprensión
Lee Si-won, desde Incheon, Corea

Cada vez que leo en la Biblia el versículo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz, y sígame” (Mr. 8:34), recuerdo a mi familia. Mi padre, que había recibido educación pastoral en una iglesia protestante en su juventud, se opuso a mi fe cuando le dije que asistía a la Iglesia de Dios. Incluso mi mamá, que no tenía interés en la religión, se puso del lado de mi papá; se levantó una pared invisible entre mis padres y yo.
Cuando estaba a punto de casarme, hubo un cambio. Para los preparativos de la boda, tenía que hablar con mis padres frecuentemente. Mientras conversaba con ellos, comprendí que los había malinterpretado. A través de sus palabras, sentí lo mucho que me amaban y se preocupaban por mí todo el tiempo.
Intenté poner en práctica la piedad filial junto a mi esposo, que recorre la vida de la fe conmigo. Mi madre dijo que había cambiado después de casarme, y que le agradaba. Sin embargo, la mejor piedad filial que podía hacer era permitirles recibir la bendición del cielo. A fin de hacer eso, tuve que resolver su malentendido sobre mi religión. Oré con sinceridad y les expliqué la verdad poco a poco.
Dado que les prediqué con un corazón sincero, mi mamá, quien no parecía interesada en absoluto, entendió mejor de lo que pensaba, y formuló preguntas. Además, recordó todo el contenido del vídeo de presentación de la iglesia y los reportes de la prensa sobre la iglesia que le había mostrado desde mi época escolar. En aquel entonces no reaccionó, así que pensé que no estaba escuchando; no obstante, estaba escuchando con detenimiento. Finalmente, recibió la verdad el primer día del año nuevo 2019.
Al ver a mi madre renacer como hija de Dios, llegué a reflexionar sobre mí misma. Pensé que mi familia nunca tendría la oportunidad de recibir la salvación, pero eso era mi falta de comprensión. No había razón para que mi familia quedara excluida de recibir la salvación, ya que Dios quiere que todos los siete mil millones de personas sean salvos. En realidad, tenía miedo de resultar lastimada, así que no me preocupé por sus almas.
Me arrepentí y tomé la decisión de hacer lo mejor para mis padres física y espiritualmente. Solo había estado diciendo con mi boca que retribuiría la gracia de los Padres celestiales, pero nunca actué. Este año, agradeceré más a Dios. Padre y Madre celestiales, muchas gracias por salvarme. Muchas gracias por permitirme complacerlos con un fruto.