Dios recompensa según nuestras obras

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Los santos que han entrado en la verdad se encuentran en el proceso de aprender y seguir la vida santa de Dios. No solo guardan los estatutos y las leyes del nuevo pacto establecidos por Dios, sino que, tal como Él lo solicitó, viven con piedad y conducta santa, esperando el reino de los cielos, hasta que finalmente llegan ahí con una apariencia semejante a la de Dios.

Sin embargo, a veces ocurre que algunos no comprenden esta voluntad de Dios y, aun después de recibirlo, continúan viviendo conforme a los hábitos de su vida pasada, siguiendo las corrientes del mundo. Dios examina todas nuestras acciones y recompensa a cada uno según sus obras. Examinemos las enseñanzas de la Biblia sobre qué tipo de acciones y conducta debemos tener en nuestra vida de fe.

Recompensará a cada uno según sus obras

“el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo […].” Ro 2:6-9

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.” Jer 17:9-10

A través de la enseñanza de que Dios recompensará a cada uno según sus obras, podemos comprender cuán importantes son nuestras acciones. Las obras de las que aquí se habla incluyen nuestras palabras y actos, nuestro servicio, nuestras relaciones interpersonales, así como todas las acciones, actitudes y disposiciones del corazón que se manifiestan en nuestra vida.

Podemos ocultar algo a las personas, pero ante Dios no se puede ocultar absolutamente nada, ni siquiera el asunto más pequeño. Ante Dios, quien escudriña la mente y prueba el corazón, todas nuestras obras y conductas quedan al descubierto. Al bien le sigue su recompensa, y al mal, su retribución.

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.” Ga 6:7-9

Independientemente de la acción que realicemos, obtendremos el resultado correspondiente a lo que hayamos hecho. Dado que nuestros propios actos regresan a nosotros, la elección de hoy da forma a nuestro futuro. Teniendo esto muy presente, debemos sembrar cada día acciones y conductas que sean buenas y gratas ante los ojos de Dios, para cosechar los frutos buenos de la justicia.

“pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” 2 Co 5:8-10

Todo lo bueno y lo malo que cada uno haya hecho en la tierra será manifestado ante el tribunal de Dios para recibir su veredicto. Debemos desechar la actitud complaciente de que “como estoy dentro de la verdad del nuevo pacto, está bien cometer este tipo de acciones”. Dios comprende detalladamente incluso la intención detrás de nuestras acciones, así como los pensamientos y la actitud que albergamos en nuestro interior.

“El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.” Ec 12:13-14

Dios juzgará todas las obras y todas las cosas encubiertas, sean buenas o malas, que hayamos dejado a lo largo del tiempo que hemos vivido. Mientras transcurre nuestro día de hoy, ante cualquier situación que enfrentemos, hagámonos la pregunta de si nuestras acciones son verdaderamente dignas ante los ojos de Dios. Al hacerlo, podremos llevar una vida de fe santa y espiritual, tal como el Padre y la Madre celestiales nos han enseñado.

Llevad en temor el tiempo de vuestra peregrinación

Dios observa si estamos caminando por el sendero de una vida de fe con el propósito de cumplir la voluntad de salvar al mundo, o si seguimos viviendo según nuestros malos hábitos del pasado. Él ve lo más profundo de nuestro corazón, así como nuestros actos y actitudes. En medio de las diversas y numerosas circunstancias, Él examina todas nuestras obras.

“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Ef 2:10

La Biblia nos revela nuestra identidad al afirmar que somos “creados para buenas obras”. Hacer el bien es la voluntad de Dios, quien nos creó. Nuestras acciones no deben apartarse de la voluntad de Dios. Debemos esforzarnos y empeñarnos aún más como “la sal y la luz del mundo” para seguir las enseñanzas que Dios nos ha dado (Mt 5:13-16).

“como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación;” 1 P 1:14-17

En esta tierra somos extranjeros y peregrinos (He 11:13). Este mundo no es nuestra patria eterna, sino una morada temporal que pronto dejaremos. La Biblia nos enseña que descendimos a esta tierra después de pecar en el cielo y que nos encontramos pasando un tiempo de arrepentimiento. ¿Acaso la instrucción de llevar en temor el tiempo de nuestra peregrinación no significa que debemos cuidar y refrenar nuestra conducta durante el transcurso de nuestra vida?

Dios examina incluso nuestras acciones más ocultas, realizadas en el espacio más secreto. No debemos tomar como modelo la vida que llevábamos antes, sino que debemos ser santos en toda nuestra manera de vivir, conforme a su palabra. Recordando que estamos ante Dios, quien juzga a cada uno según sus obras, debemos cuidarnos en nuestros pensamientos, actitudes y en todo lo que hacemos, buscando siempre su voluntad.

Las recompensas celestiales que acompañan a las buenas obras

La enseñanza de la Biblia es que vivamos con una buena conducta y practiquemos obras de fe obedeciendo los mandamientos, estatutos y leyes de Dios. Dios recompensa el sudor y el esfuerzo invertidos para lograrlo.

“He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.” Ap 22:12

En la parábola de las minas, el señor otorgó al que había ganado diez minas la autoridad sobre diez ciudades, y al que ganó cinco minas, la autoridad sobre cinco ciudades (Lc 19:12-19). Asimismo, en la parábola de los talentos, elogió con sinceridad a aquellos que, trabajando con esfuerzo, habían ganado más talentos, haciéndoles partícipes del gozo de su señor (Mt 25:14-23). De la misma manera, Dios da su galardón a cada uno según su labor.

“Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.” 1 P 2:11-12

Recordando que Dios otorga galardones, debemos comportarnos de una manera justa, recta, buena y digna de glorificar a Dios, de modo que cualquiera que nos observe reconozca que somos su pueblo. Examinemos ejemplos específicos sobre qué tipo de conducta debemos poseer para recibir un veredicto hermoso y lleno de gracia en el momento del juicio final.

“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” Mt 25:31-40

Presten mucha atención a las acciones que realizaron aquellos que entraron en el reino de los cielos. Dios no olvida ni una sola de las acciones que hacemos hacia el más pequeño de nuestros hermanos, y recompensa según esas obras. Él advirtió solemnemente que los que atienden y cuidan con esmero a sus hermanos y hermanas heredan el reino eterno preparado desde la fundación del mundo, mientras que aquellos que no lo hacen entran en el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25:41-46).

La conducta que determina el cielo y el infierno

En el momento de los sufrimientos de Jesús en la cruz, había dos malhechores crucificados a su derecha y a su izquierda. Uno de ellos injuriaba a Jesús, pero el otro se puso de parte de Él, afirmando que Jesús no había hecho nada indebido. En una situación en la que a cualquiera le resultaría difícil creer en Jesús, quien estaba siendo azotado y crucificado en medio de las injurias y burlas de la multitud, este hombre se arrepintió de verdad y le suplicó a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Conmovido por su actitud, Jesús le dijo: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Cristo, quien tiene las llaves de la muerte y del Hades, y la llave del reino de los cielos, lo salvó mediante su palabra. Aunque ambos malhechores se encontraban en la misma situación, debido a su conducta en el último momento de su vida, el destino de uno cambió hacia el cielo y el del otro hacia el infierno (Lc 23:39-43).

Así de importante es la conducta. Analicemos otro ejemplo que ocurrió en la época de los jueces.

“Pero Elí era muy viejo; y oía de todo lo que sus hijos hacían con todo Israel, y cómo dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión. Y les dijo: ¿Por qué hacéis cosas semejantes? Porque yo oigo de todo este pueblo vuestros malos procederes. No, hijos míos, porque no es buena fama la que yo oigo; pues hacéis pecar al pueblo de Jehová. Si pecare el hombre contra el hombre, los jueces le juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él? Pero ellos no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir.” 1 S 2:22-25

Aunque la casa de Elí era una familia de sacerdotes de generación en generación, debido a que los hijos de Elí menospreciaron los sacrificios de Dios y tuvieron una conducta inicua, Dios decidió matarlos y envió calamidad sobre su casa. El trágico resultado de aquellos que olvidaron su conducta como sacerdotes santos y no cumplieron con sus deberes quedó escrito en la Biblia como una advertencia para todos nosotros (1 S 2:12-17, 27-36, 4:10-22, Ro 15:4).

La historia de la época del desierto es similar. Los doce espías que fueron a reconocer la tierra de Canaán que fluye leche y miel eran principales, es decir, líderes que gozaban de la confianza de la gente en cada una de las tribus de Israel. Sin embargo, tras explorar Canaán y regresar, las únicas personas cuya conducta fue recta ante los ojos de Dios fueron Josué y Caleb. La mala conducta de los diez espías que no creyeron en la promesa de Dios y difamaron a Canaán trajo la trágica consecuencia de que ninguno de los seiscientos mil hombres de guerra de Israel, a excepción de Josué y Caleb, pudiera entrar en Canaán (Nm 13-14).

La Biblia registra diversas conductas que los santos deben poseer. Si no se cuenta con una conducta buena y recta, al final uno recibe el juicio ante el Dios que recompensa según las obras. Al realizar cualquier tarea, debemos desechar nuestros propios pensamientos y examinar primero si tal acción se ajusta a la voluntad de Dios.

Nos prueba para finalmente darnos bendiciones

“Cuidaréis de poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis, y seáis multiplicados, y entréis y poseáis la tierra que Jehová prometió con juramento a vuestros padres. Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre. […] Reconoce asimismo en tu corazón, que como castiga el hombre a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga. Guardarás, pues, los mandamientos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y temiéndole. […] que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien;” Dt 8:1-16

Tal como Dios observó los cuarenta años de vida en el desierto del pueblo de Israel, Él observa siempre nuestras acciones en el desierto de la fe. A veces, guiándonos a lugares sin agua o sin alimento, nos humilla y nos hace pasar hambre para examinar cómo es nuestra conducta.

Nuestra conducta y nuestras obras son verdaderamente importantes en el camino del desierto de la fe. Para aquellos que no viven en temor durante su peregrinación, ya no hay oportunidad de arrepentimiento ni oportunidad de recibir la gracia de Dios. Grabemos profundamente en nuestro corazón que Dios es aquel que recompensa según las obras, y practiquemos siempre, con un corazón que teme a Dios, todos los estatutos, ordenanzas, leyes y buenas enseñanzas que Él nos ha mandado.

Dios nos coloca en nuestras respectivas posiciones y circunstancias para probar nuestras acciones, nuestra actitud mental y nuestra fe, con el fin de bendecirnos al final. Para recibir la bendición que tiene preparada, debemos examinar y revisar nuestra propia conducta en cada momento con la fe de que Dios está con nosotros. Dejemos a un lado nuestros propios pensamientos y juicios, y preguntémosle a Dios en oración qué espera que hagamos en esta situación. ¡Que seamos hijos celestiales que, bajo cualquier circunstancia, obedezcan las buenas enseñanzas de Dios, cumplan fielmente sus estatutos, ordenanzas y decretos, caminen por la senda recta que Dios desea y entren abundantemente en el reino de los cielos eterno!

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