Como está escrito que las cosas de esta tierra son “figuras y sombras” de las cosas celestiales (He 8:5), así como hay una familia física en la tierra, también hay una familia espiritual en el reino de los cielos. Los integrantes de una familia son el padre, la madre y los hijos e hijas.
Al examinar la Biblia, llegamos a comprender que el hecho de que nos hayamos convertido en miembros de la familia celestial, quienes recibiremos las bendiciones del reino de los cielos, ha sido posible gracias a la existencia de la Madre celestial. Sin embargo, Satanás, quien se encuentra en relación de enemistad con la Madre, calumnia la verdad y obstaculiza el arrepentimiento y la salvación de los hijos celestiales. La Biblia describe esta batalla espiritual que ocurre incesantemente, aunque invisible a nuestros ojos, como el proceso en el que Jerusalén protege a sus hijos y repele a las huestes del mal (Is 54:11-17).
Está profetizado que cuando los hijos de Dios proclamen la luz de la gloria de Jerusalén por todo el mundo, los días de sufrimiento y tristeza terminarán, y que aquellos que permanezcan en Sion y se queden en Jerusalén hasta entonces serán llamados santos por Dios (Is 4:3). Reflexionando sobre la grandiosa labor de nuestro Padre celestial y nuestra Madre celestial, quienes dedican incesantemente su corazón y sus esfuerzos para proteger a sus hijos de Satanás, les pido ahora que todos ustedes se conviertan en hijos que compartan la carga de la cruz que el Padre y la Madre llevan.
Hace dos mil años, Jesús enseñó a la humanidad sobre la existencia del Padre entre los miembros de la familia celestial.
“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. […] porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos […]” Mateo 6:6-10
Aquí, “Padre” se refiere a Dios, el Padre de nuestros espíritus. Cuando Jesús vino a esta tierra, enseñó todas las verdades de la vida del nuevo pacto, como el día de reposo y la Pascua; pero, sobre todo, enseñó a sus discípulos de manera muy detallada acerca de Dios como Padre.
En su primera venida, despertó la fe en Dios Padre y se fue; y en la época del Espíritu Santo, al venir por segunda vez, enseñó a sus hijos acerca de la existencia de la Madre.
“Acontecerá en los postreros tiempos que el monte de la casa de Jehová será establecido por cabecera de montes, y más alto que los collados, y correrán a él los pueblos. Vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas […]” Miqueas 4:1-2
“Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre.” Gálatas 4:26
Entre las verdades que Cristo enseñó al venir a esta tierra en los postreros días, la esencia es la verdad sobre la Madre Jerusalén. La existencia de la Madre celestial está registrada en toda la Biblia, desde Génesis hasta el Apocalipsis. Aun así, el Padre reveló claramente a la Madre solo en los postreros días, es decir, en la última época del Espíritu Santo. Así como en la historia de la creación de seis días, Eva, la esposa de Adán, apareció en el sexto día, la Madre ha sido revelada al final de la obra de redención de seis mil años.
Debido a que existen el Padre y la Madre, aparecen los hijos e hijas como miembros de la familia celestial. La Biblia especifica que somos hijos de Dios.
“Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré, Y seré para vosotros por Padre, Y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.” 2 Corintios 6:17-18
En este pasaje, solo se menciona al Padre y a los hijos; sin embargo, si hay un padre e hijos, debe haber necesariamente una madre que dio a luz a esos hijos. En Gálatas capítulo 4, se nos dio claramente el mensaje de que la Jerusalén de arriba es “nuestra Madre”. Gracias a la Madre, nos hemos convertido en miembros de la familia celestial completa. Jesús, que vino a esta tierra en su primera y segunda venida, nos enseñó sobre la existencia del Padre y la existencia de la Madre, despertando en nosotros la conciencia de que somos hermanos, hermanas y familia espiritual los unos de los otros. Por eso, la Biblia dice que el Dios Todopoderoso mismo testifica que somos hijos de Dios.
“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo […]” Romanos 8:16-18
Muchos en el mundo dicen ser hijos de Dios, pero los hijos de Dios tienen el testimonio dado por el Espíritu Santo. Verifiquemos a través de qué el Espíritu Santo testifica que somos hijos de Dios.
“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.” 1 Juan 5:11-13
Quien recibe en su interior a Jesús, quien vino como el “Hijo de Dios”, tiene la vida eterna. La vida eterna es la evidencia de ser hijo de Dios. Esto es porque Dios ha concedido a sus hijos la vida eterna, que es su propio ADN espiritual que solo Él posee. Busquemos qué debemos hacer para que Jesús more en nosotros.
“Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna […] en mí permanece, y yo en él.” Juan 6:53-56
Quien come y bebe la carne y la sangre de Jesús, es decir, el pan y el vino de la Pascua, recibe la vida eterna porque Jesús mora en él, y el Espíritu Santo testifica que es hijo de Dios. Dios es quien estableció el principio de la creación mediante el cual los hijos obtienen la vida al heredar la carne y la sangre de sus padres. Dios, quien diseñó que toda vida nazca a través de los padres, especialmente de la madre, dijo que sus hijos celestiales tienen “vida” eterna. Esto es prueba de que existe una Madre que otorga la vida eterna a sus hijos.
Sin una madre, este mundo no podría ser un mundo de vida, y donde hay vida, allí está la madre. La razón por la que el cielo, creado por Dios, es un mundo de vida eterna es porque Dios Madre está presente allí.
A pesar de esto, hoy en día hay personas que inventan todo tipo de razones para impedir que otros crean en Dios Madre, obstaculizando la verdad. Dios nos hizo saber de antemano en el Génesis que esto sucedería.
“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Génesis 3:15
Desde el Edén, la serpiente y la mujer han sido enemigas, y la descendencia de la serpiente también es enemiga de la descendencia de la mujer. La historia en la que Satanás lucha contra Dios Madre se conecta hasta el Apocalipsis.
“Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. […] Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.” Apocalipsis 12:7-9, 17
El gran dragón se refiere a la serpiente antigua que engañó a Eva en el Edén, el diablo y Satanás. Satanás, que intenta engañar y matar almas, y la mujer, que intenta dar vida eterna, no pueden alinear sus propósitos nunca. Como dijo Dios: “Pondré enemistad entre ti y la mujer”, Satanás obstaculiza a la Madre celestial y a sus hijos hasta el fin. El mismo que nos engañó para que pecáramos en el cielo y nos hizo ser expulsados a esta tierra, todavía está librando una batalla espiritual contra nosotros, el resto de la descendencia de la mujer que guarda los mandamientos de Dios y tiene el testimonio de Jesús. Debemos tener presente que la historia iniciada en el Génesis continúa hasta el día de hoy, tal como profetiza el Apocalipsis.
Cuanto más feroz sea la batalla espiritual, más deben los hijos celestiales mostrar la gloria de la Madre Jerusalén. Esto es porque nuestra lucha no es un conflicto físico, sino espiritual (Ef 6:12).
Dios prometió la victoria a la descendencia de la mujer al decir que “la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente”. Sin embargo, si no revelamos la gloria de Jerusalén y la luz de la verdad, nadie podrá buscar a la Madre en medio de la oscuridad y las tinieblas. Les pido que se esfuercen en proclamar a la Madre celestial para que la humanidad pueda ver la luz de Jerusalén y venir a Sion.
“Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra.” Isaías 62:6-7
“Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti. Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento. Alza tus ojos alrededor y mira, todos estos se han juntado, vinieron a ti; tus hijos vendrán de lejos, y tus hijas serán llevadas en brazos. Entonces verás, y resplandecerás […]. ¿Quiénes son estos que vuelan como nubes, y como palomas a sus ventanas? […] Y vendrán a ti humillados los hijos de los que te afligieron, y a las pisadas de tus pies se encorvarán todos los que te escarnecían, y te llamarán Ciudad de Jehová, Sion del Santo de Israel.” Isaías 60:1-8, 14
Al ver la escena en la que los hijos vienen en tropel desde lejos y las hijas son traídas en brazos, se dice que Jerusalén resplandece con regocijo en su rostro. Aunque continúe la batalla espiritual donde una parte sigue obstaculizando la verdad y la otra proclama a la Madre Jerusalén día y noche, está profetizado que el grupo que afligía a Jerusalén terminará inclinándose y todos los que la menospreciaban se postrarán a sus pies.
Aunque sería mejor que todo fluyera sin problemas, como se dijo que ocurriría una batalla espiritual, naturalmente aparecen aquellos que menosprecian y afligen a Jerusalén, tal como dice la profecía. No debemos temerles en absoluto; los hijos solo deben cumplir su papel como atalayas puestos sobre los muros de Jerusalén hasta que llegue el punto profético en que la gloria de Jerusalén sea revelada a todo el mundo. No debemos callar ni de día ni de noche, y ya sea que escuchen o dejen de escuchar, debemos proclamar diligentemente la bendita noticia de que la vida eterna se obtiene mediante la fe en el Espíritu y la Esposa, los Salvadores en la época del Espíritu Santo.
“No se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque Jehová te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados. Y tu pueblo, todos ellos serán justos, para siempre heredarán la tierra; renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme. El pequeño vendrá a ser mil, el menor, un pueblo fuerte. Yo Jehová, a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto.” Isaías 60:20-22
Aunque exista una historia de obstrucción que aflige y menosprecia a Jerusalén, la historia de victoria de la que se dijo que “los días de luto serán acabados” también avanza según la profecía. Debemos seguir las enseñanzas de Dios, mostrar la gloria de Jerusalén, hacer que el mundo sea más brillante y guiar a las personas para que puedan avanzar hacia el cielo. A medida que brille la luz de la verdad de la Madre celestial, se cumplirá toda la profecía de que las naciones y los reyes verán esa luz y regresarán, y que los hijos volarán como nubes y como palomas.
Así como el sonido de la trompeta sirve como señal para decidir si un ejército debe atacar o retirarse, el pueblo de Dios presta atención al sonido de la profecía. No debemos caer en la insensatez de abandonar el camino correcto que debemos seguir debido a las personas que, según la profecía, aparecen para obstaculizar la verdad y sacudir nuestra fe.
Dios ha abierto para nosotros el camino a la vida eterna y la salvación. Siguiendo la profecía de que “nos enseñará en sus caminos”, el Padre Ahnsahnghong nos ha enseñado todas las verdades que conducen a la salvación. También dejó una nota escrita a mano diciendo: “Yo sigo a la Madre”; con ello, de entre las muchas verdades del nuevo pacto, enfatizó repetidamente a Dios Madre, quien es la forma completa del mismo. ¿Quién, fuera de Dios, podría explicar correctamente las verdades de la Biblia? Por eso, el Padre nos enseñó con precisión la verdad sobre la Madre, que nadie en el mundo había podido descubrir. No existe otra iglesia que siga la verdad de Dios Madre y que observe la Pascua del nuevo pacto, en la que compartimos la carne y la sangre de Dios, más que la Iglesia de Dios, establecida por el Padre.
Tenemos al Padre celestial y a la Madre celestial. Gracias a ello, hemos formado la familia celestial completa. Hemos llegado a comprender la relación de hermanos y hermanas celestiales, y hemos podido seguir plenamente el mandamiento de estar unidos en Sion y amarnos unos a otros. Esta es la evidencia absoluta de que, cuando entremos al reino de los cielos eterno, el Espíritu Santo mismo dirá: “Ustedes son verdaderamente hijos de Dios”.
El diablo, nuestro malvado enemigo, intentará hasta el último momento obstruir y obstaculizar la gloria de la Madre Jerusalén, pero los hijos de Dios están destinados a escuchar la voz del Padre y de la Madre y acudir a la verdad. No hay necesidad de sentirse desanimado pensando: “¿Por qué la gente no puede aceptar una verdad tan clara?”. Como atalayas de Jerusalén, solo debemos transmitir la voz de la Madre a tantas personas como sea posible. Les pido que, como familia celestial, proclamen ampliamente el evangelio hasta Samaria y hasta lo último de la tierra, muestren aún más la gloria de Jerusalén, y se conviertan en una familia celestial que encuentre rápidamente a todos los hermanos y hermanas perdidos para completar el evangelio del reino de los cielos.
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