¿De dónde venimos? ¿Por qué vivimos en esta tierra? Y, al partir de este mundo, ¿hacia dónde vamos?
Todas las personas se cuestionan estas tres grandes interrogantes de la vida; sin embargo, la mayoría vive sin conocer las respuestas. Al ignorar nuestro origen, tampoco sabemos nuestro destino, por lo que llegamos a pensar erróneamente que la muerte física es el fin de todo.
En el Libro de la Verdad “Los Visitantes del Mundo Angelical”, Cristo Ahnsahnghong nos enseñó a través de la Biblia de dónde venimos, hacia dónde vamos, y cuál es el verdadero propósito y significado de la vida. Después de haber pecado en el cielo, fuimos arrojados a esta tierra de pecado, que funciona como una ciudad de refugio. Tras una breve existencia terrenal, nos presentaremos ante el tribunal de Dios para recibir el veredicto final que determinará nuestro destino: el reino de los cielos o el infierno.
Examinemos el asunto del alma revelado en la Biblia y confirmemos la necesidad de recibir el perdón de los pecados y la promesa de la vida eterna mediante la Pascua, en este viaje de la vida que nos lleva de regreso a nuestra patria celestial.
El Señor Jesús nos enseñó que nuestra vida proviene del reino de los cielos y que nuestro destino es regresar a él.
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” Lc 19:10
Antes de venir a esta tierra, el lugar donde el Señor Jesús moraba era el reino de los cielos. Dado que los seres que vivían con Él en el cielo se perdieron y cayeron a esta tierra, Jesús vino hasta aquí para buscarlos y salvarlos. Aunque en el cielo éramos seres espirituales, al vivir en este mundo fue necesario vestir la morada del cuerpo terrenal; por ello, Él mismo se vistió de carne y llevó a cabo la obra de la redención.
A través de las palabras de Jesús, podemos comprender claramente que no somos simples seres terrenales, sino criaturas cuyo origen fundamental se encuentra en el reino de los cielos.
“y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.” Ec 12:7
El “polvo” hace referencia a nuestro cuerpo físico, el cual Dios formó del polvo de la tierra (Gn 2:7). Puesto que nuestro cuerpo proviene de la tierra, vuelve a ella al morir. Sin embargo, el espíritu que habita en su interior regresa a Dios, quien lo dio. En este sentido, la muerte no representa el fin, sino el comienzo de una nueva etapa.
“Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,” He 9:27
La muerte física es un hecho establecido para la humanidad, tras el cual sobrevendrá el juicio. Si todo terminara con la muerte del cuerpo, no habría ser alguno que compareciera ante el juicio; no obstante, la Biblia enseña que existe una entidad que enfrentará el juicio después de la muerte corporal: el alma.
En nuestro interior habita la verdadera esencia de la vida, el alma, la cual regresa al reino de Dios tras la muerte física. La gente del mundo no comprende con claridad la existencia del alma. Al no percibir su realidad, niegan la existencia de Dios y consideran las enseñanzas bíblicas sobre el cielo y el infierno como meras fábulas.
Sin embargo, la Biblia no es una invención humana, sino la palabra inspirada por el Espíritu Santo a través de los santos hombres de Dios (2 P 1:20-21). Mediante la Biblia, escrita según la voluntad divina y portadora de la verdad de Dios, podemos confirmar que poseemos un alma que Él mismo sopló en nosotros.
El rey Salomón, reconocido entre los antepasados de la fe como el “rey de la sabiduría”, recibió de Dios no solo sabiduría, sino también riquezas y gloria. Habiendo disfrutado de una vida espléndida que cualquiera consideraría la máxima aspiración terrenal, dejó el siguiente testimonio:
“El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.” Ec 12:13
Salomón comprendió cuál es la forma suprema de vivir. Tuvo abundantes riquezas, emprendió cuantos proyectos deseó y experimentó todo lo que anheló; sin embargo, comprendió que de nada de ello se obtiene un beneficio duradero, sino solo vanidad y fatiga. Por ello, concluyó que temer a Dios y guardar sus mandamientos constituye el deber supremo y la guía fundamental de la existencia humana.
“Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén. Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? […] Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.” Ec 1:1-11
Una vida que excluye a Dios y persigue únicamente los deseos personales es vanidad de vanidades. El ojo nunca se sacia de ver ni el oído de oír; por más que contemplemos o escuchemos cosas buenas, al acostumbrarnos a ellas, anhelamos de inmediato algo superior.
“Dice el necio en su corazón: No hay Dios. […] Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, Para ver si había algún entendido, Que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” Sal 14:1-3
El necio piensa que Dios no existe y vive a su antojo buscando solo lo terrenal. Sin embargo, la Biblia y los profetas atestiguan con certeza la existencia de Dios y el hecho de que provenimos del cielo. Debemos comprender de dónde venimos y hacia dónde vamos, cumpliendo fielmente con el deber del hombre. Solo así, al regresar a nuestra patria celestial eterna, no tendremos de qué arrepentirnos.
Examinemos los pasajes donde Dios nos revela cómo era nuestra vida antes de venir a esta tierra.
“Jehová me poseía en el principio, Ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado, desde el principio, Antes de la tierra. […] No había aún hecho la tierra, ni los campos, Ni el principio del polvo del mundo.” Pr 8:22-26
Salomón, el autor de Proverbios, afirmó que ya había nacido antes de la creación de la tierra. En aquel entonces, no poseía un cuerpo físico, pues la Biblia enseña que Dios formó al hombre del polvo de la tierra (Gn 2:7), y en aquel momento la tierra y el polvo aún no existían. En términos sencillos, Salomón existía en el reino de los cielos como un ser espiritual, es decir, como un ángel, antes de la creación de la tierra.
Esto no se limita a Salomón. Job también existía cuando Dios establecía los fundamentos de la tierra.
“Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo: […] ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. […] ¿O quién puso su piedra angular, Cuando alababan todas las estrellas del alba, Y se regocijaban todos los hijos de Dios? […] ¡Tú lo sabes! Pues entonces ya habías nacido, Y es grande el número de tus días.” Job 38:1-7, 19-21
La ciencia estima la edad de la Tierra en aproximadamente 4500 millones de años. Job vivió hace unos 3500 años; sin embargo, Dios le preguntó dónde estaba cuando se fundaban los orígenes de la Tierra, revelándole que ya existía en aquel tiempo. Esto demuestra que Job, antes de nacer en este mundo, moraba con Dios en el cielo como un ángel.
“pronunciarás este proverbio contra el rey de Babilonia, y dirás: […] ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo.” Is 14:4-15
Este pasaje revela la condición del rey de Babilonia cuando se encontraba en el reino de los cielos. Ocupando una posición gloriosa como “Lucero, hijo de la mañana”, se enorgulleció, se rebeló contra Dios y fue arrojado a la tierra. Consideremos también lo escrito sobre el rey de Tiro:
“Hijo de hombre, levanta endechas sobre el rey de Tiro, y dile: Así ha dicho Jehová el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura […] los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación. Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. […] Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor; yo te arrojaré por tierra; delante de los reyes te pondré para que miren en ti.” Ez 28:11-17
En el mundo anterior, el rey de Tiro era un querubín. Al igual que el rey de Tiro, el rey de Babilonia, Salomón y Job, todos nosotros éramos ángeles que morábamos en el reino de los cielos, pero pecamos y fuimos arrojados a la tierra. En este sentido, todos los seres humanos somos pecadores por naturaleza, y este mundo es una ciudad de refugio espiritual donde los pecadores habitamos temporalmente (cf. Ro 5:12, Nm 35, He 11:13-16).
Dado que el ser humano es un alma que pecó en el cielo y fue expulsada, después de la muerte enfrentará inevitablemente el juicio que determinará su destino entre el infierno y el reino de los cielos. Cuando recibimos el perdón de los pecados en esta tierra y llevamos a cabo una verdadera obra de arrepentimiento, Dios nos abre el camino para regresar al reino celestial.
Nuestra vida terrenal representa el tiempo de oportunidad concedido a cada uno de nosotros para arrepentirnos. Como expresó Salomón, vivir temiendo a Dios y guardando sus mandamientos es la decisión sabia de quienes comprenden de dónde vienen y hacia dónde van. Lamentablemente, muchas personas ignoran esta realidad, persiguen lo vano y dejan pasar la oportunidad y el tiempo para arrepentirse.
“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. […]” Lc 16:19-25
Al considerar su destino en el infierno, es evidente que el hombre rico vivió apartado de Dios. Disfrutó de los placeres mundanos y satisfizo sus deseos, ignorando el propósito de su nacimiento y el mundo venidero; por ello, su fin fue el infierno.
Tras concluir la vida terrenal, sobrevendrá de manera ineludible la vida eterna. Por esta razón, se nos exhorta a creer en Dios y a guardar sus mandamientos mientras estemos en esta tierra, alcanzando así la salvación de nuestras almas (1 P 1:8-9).
En este tiempo de oportunidad que Dios nos ha otorgado, no debemos añadir nuevos pecados a las faltas cometidas en el cielo. Jesús nos advirtió que, si nuestra mano o nuestro ojo nos es ocasión de caer, es preferible cortarla o sacarlo antes que ser arrojados al infierno (Mr 9:43-49). Él no mencionó el infierno para atemorizarnos, sino porque es una realidad tangible de la cual desea librarnos a toda costa.
Comprendiendo la terrible realidad del infierno, Jesús vino a esta tierra para salvar a sus amados hijos. Dios se hizo hombre y se ofreció en sacrificio en la cruz, cargando con nuestros pecados; por medio de su sangre, alcanzamos la redención, es decir, el perdón de los pecados.
“en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” Ef 1:7
“[…] Y los discípulos hicieron como Jesús les mandó, y prepararon la pascua. […] Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.” Mt 26:17-28
El mandamiento divino de observancia obligatoria para obtener el perdón de los pecados es la “Pascua del nuevo pacto”, el estatuto de la verdad mediante el cual participamos de la sangre de Cristo. Al ofrecer el vino de la Pascua, Jesús declaró: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. De este modo, nos estableció la ceremonia de la Pascua como el medio para recibir el mérito de la sangre preciosa derramada en la cruz (Lc 22:7-20).
Dios estableció la Pascua del nuevo pacto con el firme propósito de librarnos de las plagas del infierno. Al permitirnos comer el pan de la Pascua, que representa la carne de Cristo, y beber el vino de la Pascua, que representa su preciosa sangre, nos prometió la vida eterna en lugar de una existencia efímera, declarando: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (Jn 6:53-56). Mediante este misterio, nos unimos a Dios, recibimos el perdón completo de los pecados y obtenemos el derecho de regresar al reino de los cielos, siendo reconocidos como sus legítimos hijos e hijas. Esta es la gloriosa verdad contenida en la Pascua.
Las personas del mundo viven atadas a lo vano, ignorando el significado de la Pascua establecida con la sangre de Dios y el propósito fundamental de su existencia. En verdad, celebrar la Pascua y recibir la remisión de los pecados constituye el asunto más urgente y trascendental para la humanidad. Participemos todos de la Pascua del nuevo pacto y, bajo la inmensa gracia de Dios, alcancemos con gozo nuestra patria celestial.
Velocidad de reproducción
Esta voz ha sido generada por IA. Pueden producirse ligeras variaciones.