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La vida cotidiana que he dado por descontada

Kim Ha-jin, desde Anyang, Corea

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Mis padres comparten las tareas del hogar; papá limpia la casa, mamá lava la ropa y cocinan juntos. Desde que me hice adulta, me sentía avergonzada de no hacer nada por ellos, así que me ofrecí para ayudarlos. Pero mis padres decían que era útil que no hiciera nada.

En un día festivo, mis padres salieron y me quedé sola en casa. Fue una oportunidad perfecta para terminar todas las tareas del hogar. En primer lugar, recogí la ropa colgada en el tendedero y la doblé. Pero fue un desafío desde el principio. No podía doblar la ropa tan bien como lo hacía mamá; las partes dobladas sobresalían y la forma era descuidada. Después de muchos intentos, conseguí doblarla con un poco de pulcritud y colocarla en su lugar.

Cuando terminé de doblar la ropa, la casa desordenada apareció ante mis ojos. Aspiré desde la sala hasta el dormitorio principal, el vestidor, mi habitación y la cocina. Limpiando las cosas esparcidas en el piso, a menudo doblaba la espalda y encendía y apagaba reiteradamente la aspiradora. Me dolía mucho la espalda después de limpiar el piso, pero estaba satisfecha de ver la casa limpia y ordenada.

El tiempo pasó rápidamente sin que hiciera mucho trabajo. Fui a comprar comestibles con el fin de que cenáramos tan pronto como mis padres regresaran. Entré en la tienda de comestibles con confianza, pero pronto corrí confusa sin saber qué ingredientes estaban frescos y qué quedaba en nuestro refrigerador. Lo que era peor, la bolsa de compras pesaba tanto que sentí como si la caminata de quince minutos hubiera durado horas.

En cuanto llegué a casa, fui directamente a la cocina sin descanso. El menú para la cena era cerdo salteado con envolturas de hojas y arroz. No fue fácil preparar el plato. Debido a mi pobre habilidad para cortar, temía cortarme los dedos, y se me entumeció el brazo mientras salteaba la carne. Lavar las verduras en agua fría durante un rato me adormeció las manos. En el último minuto, tuve dificultades para condimentar el guiso de soja frente a la estufa de gas durante un tiempo. Afortunadamente, mi mamá ya había preparado el arroz.

Finalmente culminé todas las tareas del hogar, que fueron como un largo viaje. Fue un gran éxito. Cuando mis padres regresaron, se alegraron mucho de ver la casa limpia y la mesa puesta.

“Oh, has crecido. ¿Cómo se te ocurrió hacer todo esto?”

Mamá me felicitó durante toda la cena y papá se comió hasta la última gota del guiso que quedaba en la olla. Sus cumplidos me hicieron sonreír de oreja a oreja. Sentí que se aliviaba la fatiga que había acumulado durante todo el día. Pero mi condición física era diferente. Inmediatamente después de la cena, me acosté en la cama y pensé:

“Mamá y papá han estado haciendo este arduo trabajo todos los días”.

Toallas bien secas y suaves que uso cada vez que me lavo, comidas calientes por la mañana y por la noche, ropa limpia colgada en mi armario, mi cama organizada antes de volver a casa del trabajo y papeles higiénicos que siempre están apilados en el baño. La vida cotidiana que había dado por descontada no se hacía automáticamente. Debí haber reconocido antes el arduo trabajo de mis padres oculto detrás de mi comodidad.

Me sentí avergonzada y muy apenada ante mis padres. Aunque era tarde, decidí no olvidar nunca que nada en el mundo se puede dar por descontado. Pero hay algo que debo dar por descontado. Es retribuir a mis padres, dando gracias por toda la abundancia y felicidad que he disfrutado hasta ahora.