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Confesión en treinta y siete años

Park Yeong-gyeong, desde Gumi, Corea

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Mi madre se casó a los veinticuatro años cuando era joven y hermosa, y vivió en un campo remoto donde no pasaban ni los autobuses, cuidando de sus suegros, sus cuñados menores y sus tres hijos. Como estaba muy dedicada a su familia, no tenía ningún tiempo para cuidar de sí misma. En su sexagésimo primer cumpleaños, toda nuestra familia se reunió. Cuando estaban por terminar las felicitaciones de sus lindos nietos, mi padre salió de su habitación con un papel en la mano, y comenzó a leer:

“¡Feliz cumpleaños! Ya es tu sexagésimo primer cumpleaños. Desde que te casaste conmigo, trabajaste duro durante treinta y siete años, cuidando de tu familia política. El tiempo ha pasado tan rápido. Lamento mucho no haberte tratado bien. Prometo que te trataré bien desde ahora. Estoy muy agradecido contigo por dar a luz a nuestros tres buenos hijos, y también estoy muy feliz de que todos estén casados y que tengamos cinco nietos. En los días que vienen, no peleemos, sino vivamos con alegría, entendiéndonos. Te amo, mi amor.”

Pensé que mi padre era callado como cualquier otro anciano del campo, y nunca imaginé que pudiera ser tan dulce. Mi madre, que lo escuchó en silencio, se conmovió hasta las lágrimas. ¿Qué podría compensar su trabajo y sacrificio de treinta y siete años? Pero ella apreció la breve carta de su esposo con lágrimas en los ojos. Deseo que tenga una vida larga y feliz junto con mi padre.