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La predicación del apóstol Pablo

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En la vida de nuestra fe, a veces experimentamos dificultades al ser vencidos por situaciones desfavorables. Cuando no vencemos las aflicciones en el momento, sino que nos comprometemos con ellas, la situación empeora y nuestra fe entra en crisis.

En cualquier situación, debemos vencer las aflicciones y predicar el evangelio con fe firme en Dios, sin perder nuestro corazón hacia él.

La verdadera fe no se deja influir por ninguna situación

Tomaré el ejemplo de una hermana. Un día, ella dejó a su hijo al cuidado de una hermana de la iglesia, y salió por un asunto urgente. Al volver a la iglesia, vio que la encargada daba al niño unas galletas baratas y no muy ricas, mientras que a su propio hijo daba unas más costosas. En ese momento, ella se comportó con imprudencia y no quiso saber qué había ocurrido; pensó que su hijo no había sido tratado con igualdad. Perdió el control y se mostró incómoda; y finalmente esto dejó una mancha en su vida de la fe.

Lo que en realidad sucedió fue que la hermana de la iglesia que cuidaba al hijo de la otra hermana, compró unas galletas con placer y se las dio a este, pero a él no le gustaron. Entonces dio esas galletas a su hijo y otras galletas al niño de la hermana. En ese mismo instante, la hermana vio la escena y se descontroló, y como consecuencia no pudo conservar el amor fraternal que hasta entonces había guardado.

Esto podría sucederle no solo a ella, sino a cualquiera de nosotros. Cuando recorremos el camino del evangelio, a veces somos influenciados por las circunstancias y las cosas que nos rodean, y perdemos el autocontrol.

Si alguna circunstancia sacude nuestra fe, nuestro espíritu podría correr peligro; podríamos caer en la trampa de Satanás. No obstante, si nuestra fe fuere estable, ninguna circunstancia o situación podrá influenciarnos.

Si guardamos nuestra fe cuando las condiciones son favorables, pero la perdemos y nos desesperamos cuando no lo son tanto, no podemos predicar con el corazón del apóstol Pablo. Bajo cualquier circunstancia, Pablo aceptó toda cosa como favorable para el evangelio. Comprendamos todo esto a través de la vida de Pablo, y sigamos su ejemplo.

『Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley […]; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él. […] sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.』 1 Co. 9:19-27

De esta manera, Pablo se hizo de todo a todos, para salvar a muchos. Pensando en su actitud mental, nosotros también debemos hacer nuestro mejor esfuerzo para el evangelio, bajo cualquier situación.

Los que son y los que no son influenciados por las circunstancias

En los días del Éxodo, los israelitas no guardaron la fe que habían tenido al salir de Egipto. Su forma de pensar cambió cuando atravesaron las dificultades del desierto. Aunque había muchos israelitas (solo los varones eran unos 600 mil), no todos ellos pudieron entrar en la tierra de Canaán. Tan solo dos, que no fueron influenciados por las circunstancias y guardaron su fe, pudieron entrar en la tierra de Canaán como Dios se lo había prometido. Pero los demás no entraron, sino que cayeron en el desierto.

Se quejaban de la falta de agua, y murmuraban contra Dios; no mantuvieron la fe en situaciones difíciles. Dios, Hacedor de todas las cosas, podía ordenar a las nubes que derramasen lluvia, y podía hacer llover pan en el desierto. Sin embargo, ellos no guardaron su fe en Dios hasta el final, y en consecuencia fueron destruidos (1 Co. 10:5-11).

No obstante, aun en esa misma situación, Josué y Caleb guardaron su fe en Dios hasta el fin. “Con nosotros está Jehová. Él nos llevará a esta tierra. No los temáis” (Nm. 14:8-9). Ellos creyeron en esto y confiaron solamente en Dios, por lo cual fueron bendecidos.

Así también fue el apóstol Pedro. Él valoró la actitud mental antes que las condiciones físicas, y no se dejó influenciar por ninguna situación. Jesús lo reprendió más que a otros discípulos, y hasta lo llamó Satanás; pero no porque Pedro hubiera cometido un gran error merecedor de semejante culpa.

『Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.』 Mt. 16:21-23

Un día, Jesús le dijo que sería prendido por los gentiles y moriría en la cruz; entonces Pedro, fiel a Jesús, dijo: “Señor, no dejaré que eso te suceda; ¿quién se atreve a hacerte eso? No lo permitiré…” Diciendo esto, desenvainó su espada. En lugar de gloria, recibió un regaño de Jesús: “¡Vete, Satanás!” ¡Cómo le debe de haber impresionado eso! Pedro, sin embargo, no pensó mucho en lo que Jesús le dijo, pues creía firmemente en que él lo amaba mucho, y que le había dicho eso para darle una lección. Pensando así, siguió a Jesús hasta el fin.

Y un día, a la cuarta vigilia de la noche, los discípulos vieron a Jesús andando sobre el mar, y se turbaron, diciendo: “¡Un fantasma!” Luego Pedro, con mucho valor, se adelantó y dijo: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. Entonces Jesús le dijo: “Ven”, y Pedro andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzó a hundirse. Entonces Jesús le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mt. 14:22-33). De esta manera, Jesús lo reprendió, en lugar de felicitarlo y decirle: “Tú eres el mejor de los doce discípulos”.

Supongamos que Jesús nos reprendiera a nosotros así; aunque tan solo un pastor lo hiciera, podríamos desanimarnos. Pedro escuchó esas palabras de Jesús mismo, mas no se dejó influenciar por dicha situación, lo cual lo hizo digno de recibir las llaves del reino de los cielos y de ser la roca de la iglesia.

『Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.』 Mt. 16:18-19

Ahora, necesitamos esa gran fe que puede mover montañas, aceptando lo que ejerza una influencia favorable sobre nosotros y rechazando lo que no sea provechoso para nuestro espíritu. El apóstol Pablo golpeó su cuerpo y lo hizo su esclavo ante Cristo, de modo que pudiera guardarse del engreimiento. Nosotros debemos seguir su ejemplo, guardando nuestro corazón y nuestra fe en Dios.

Al principio de nuestra vida de la fe, conservamos nuestra mente afirmativa y positiva al predicar el evangelio. Pensemos en Judas Iscariote y en Saúl, el primer rey de Israel. Ellos guardaron su fe en Dios al principio; mas cuando el tiempo pasó, las circunstancias los cambiaron, y perdieron su fe.

Bajo ninguna circunstancia debemos olvidar que hemos recibido la misión de juntar a nuestros hermanos y hermanas perdidos, como fieles obreros de Cristo. Aunque todo cambie a nuestro alrededor, debemos guardar nuestro corazón y nuestra fe en Dios. Si guardáremos la fe y la pasión que tenemos al comienzo, iremos al cielo de todas maneras.

El que con fe hace de las circunstancias una oportunidad

Pablo hizo de toda circunstancia una oportunidad favorable de predicar el evangelio. Así como él, nosotros debemos hacer de cualquier circunstancia una buena oportunidad de predicar el evangelio a la gente de todo el mundo.

Citemos el ejemplo de una hermana que hizo de una fecha cívica una buena oportunidad de predicar. En la casa de la familia de su esposo, ella preparaba un plato. Tomó un poco de lo que había preparado y lo dio a su concuñada, diciendo: “Pruébalo”. Ese día, ella pudo guiar su alma hacia Dios. En dicha situación, habría sido difícil predicar con la Biblia; por eso le predicó de este modo. Asimismo, si predicamos el evangelio en cualquier situación, llevaremos buenos frutos. Aun cuando no fueren buenas las circunstancias que nos rodeen, podremos considerarlas como una buena oportunidad para nuestra predicación si estuviéremos preparados siempre.

El líder de una compañía decía que cuando miraba por la ventanilla de su automóvil, cada cosa de la calle le parecía dinero. Él dijo: “Se puede sacar provecho de toda cosa que se extiende sobre el mundo entero. No entiendo por qué no las aprovechan”. “¿Cómo puedo sacar el mayor provecho de esto? Quizá si hiciera esto…” Pensando así, debe de haber ideado alguna forma de hacer dinero. Por esta razón llegó a convertirse en el líder de una gran corporación.

Espero que toda nuestra familia tenga también tales ojos espirituales para el evangelio y considere a todas las personas en la calle como “objeto de predicación”. La Biblia nos dice que prediquemos el evangelio a todas las naciones; entonces, ¿no son todas las personas objeto de predicación? Debemos crear nuestra propia atmósfera, en lugar de quejarnos de ella.

Nuestros hermanos que sirven en el ejército predican con avidez. Durante su tiempo libre, guían muchas almas a Dios. Cuando un superior los reprende por predicar, ellos hacen de esta situación una buena oportunidad de predicar a dicho superior. Al hacer esto, guían a la verdad a uno, y a otro; y muchos reciben la verdad.

Pensar que “no podemos”, podría ser un obstáculo para el evangelio de Dios. No debemos dejarnos influenciar por ninguna situación, sino predicar el evangelio con más arrojo en cualquier circunstancia, como el apóstol Pablo hizo. Pensar que “en ese lugar la gente no aceptará el evangelio”, no es más que una idea que uno mismo se fija. Si nuestra mente cambiara, todo sería posible. Ahora el evangelio está siendo predicado en países budistas y musulmanes, e incluso en naciones comunistas.

Aunque nuestros familiares sean creyentes del confucianismo o del budismo, Dios Todopoderoso puede cambiarlos; no debemos olvidarlo. Si intentáremos cambiarlos nosotros mismos, es decir, predicarles por nuestra propia cuenta, tendremos temor de nuestra atmósfera y seremos atrapados por el pensamiento “no podemos”.

La actitud del apóstol Pablo en la predicación

Averigüemos cuál era la actitud mental de Pablo cuando predicaba el evangelio.

『Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.』 Hch. 20:20-24

Esto muestra la actitud mental de Pablo. Por su buena actitud hacia el evangelio, Dios se complació en él y le hizo llevar frutos y establecer muchas iglesias en diversos lugares. Dondequiera que él iba, predicaba el evangelio. Fue encadenado y puesto en prisión, pero todo lo tomó como cosas que debían suceder. Predicó a los prisioneros mientras estaba en la cárcel, y los guió al arrepentimiento.

De este modo, Pablo predicó en prisión con intrepidez ante los prisioneros, y ante el rey y la familia real en el palacio. En todo momento y en todo lugar, Pablo hablaba con arrojo sobre Cristo. Aunque el diablo puso obstáculos de todo tipo a su predicación, él se mantuvo firme. Ni siquiera la prisión pudo hacerle dejar de predicar; y aun en prisión pudo ser libre, pues su espíritu y su fe lo hicieron posible. Pablo consideraba que cada lugar de este mundo era un lugar para predicar, y que cada ser humano era objeto de predicación. Transformaba cualquier situación en oportunidad de predicar.

El apóstol Pablo podía predicar bajo cualquier circunstancia. Cuando se encontraba con los judíos, intentaba comprender su forma de pensar y ponerse en su lugar, y esto le permitía predicarles el evangelio y convencerlos de ser cristianos. Y cuando se encontraba con los gentiles, tenía en cuenta sus peculiaridades y su atmósfera, y así le era posible predicarles el evangelio y hacerlos cristianos. Él nunca pensó: “Los judíos están atados a la ley, y nunca aceptarán…» ni: “Los gentiles son idólatras y paganos, y no podrán…” Él jamás tuvo estos negativos pensamientos.

Ahora, necesitamos entender qué significa predicar como el apóstol Pablo. Un miembro de nuestra iglesia entendió mal la predicación del apóstol Pablo, y dijo que renunciaría a su actual labor de evangelista e iría a alternar con la gente en lugares de entretenimiento, a fin de predicarles. En realidad, esto dista mucho de la predicación del apóstol Pablo. En cambio, si una de nuestras hermanas no pudiera participar de la predicación ordinaria, podría predicar en uno de esos lugares si fuera invitada por su esposo. Este es un buen ejemplo de predicación del apóstol Pablo.

El apóstol Pablo tenía un trabajo, y conocía a muchas personas en sus negocios, a las cuales predicaba. Podemos predicar en cualquier situación, siendo fieles a nuestros deberes. Aunque estemos atados a un empleo, podemos predicar también en esa situación. Predicar siempre y en cualquier circunstancia, es la predicación del apóstol Pablo.

Cuando Pablo se encontraba con los judíos, se hacía como uno de ellos, poniéndose en su lugar, y gracias a esto podía salvarlos; y cuando se encontraba con los gentiles, se hacía como un gentil, y de esa manera los salvaba. No obstante, nunca participó de los sacrificios de los paganos; era por causa de la predicación, que alternaba con judíos y gentiles. Muchos le impedían predicar, y otros, incluso, intentaban matarlo. Pero él no daba importancia a esta peligrosa situación, sino que predicaba con más empeño; porque su mente y su corazón siempre estaban concentrados en Dios.

『[…] viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles. Al oir esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén. Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.』 Hch. 21:11-13

Es tiempo de predicar como el apóstol Pablo. Hasta ahora hemos predicado uniformemente; pero vivimos en una sociedad internacional, y muchos están viniendo de todas las naciones. Ello hace que necesitemos entender su cultura y costumbres, a fin de poder predicarles el evangelio. Por eso requerimos el estilo de la predicación del apóstol Pablo.

Dios ya nos ha mostrado el resultado que nos acompañará. Él ha cumplido todo, y ahora solo falta que nosotros veamos la última escena de la profecía. Viviendo según el plan de Dios, todos deseamos recibir la bendición de Dios abundantemente, y nos esforzamos por recibirla. Para ello, necesitamos evaluar si estamos transformando nuestros sentimientos y pensamientos, y si estamos haciendo lo que complace a Dios.

La predicación del apóstol Pablo y la corona de la justicia

La obra de evangelista es el deber más grande dado por Dios. ¿Acaso no podemos hacer la obra de evangelista sin ir diariamente a la iglesia para la predicación del evangelio? Todos pueden predicar en su propia situación (en la escuela, el trabajo o en algún otro lugar). Debemos predicar a tiempo y fuera de tiempo; este es el deber más grande que tenemos en esta tierra.

『Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo […]. Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.』 2 Ti. 4:1-8

Esperemos con ansias la corona de justicia y la gloria del cielo, como el apóstol Pablo hizo. No debemos dejar que ninguna circunstancia nos afecte. Un pez muerto es llevado río abajo, pero un pez vivo sube por él. No debemos dejarnos arrastrar por el curso del mundo. En cualquier situación, persigamos la justicia y guardemos la fe.

Pensemos en los justos Noé y Lot. Cuando la gente se dejaba llevar por la atmósfera que se vivía, ellos dos permanecieron firmes. Temieron a Dios hasta el final, y pudieron llegar a ser los padres de la fe, glorificados en la Biblia. El pueblo de Sodoma y Gomorra, entregado a la vida homosexual, había olvidado a Dios; pero Lot nunca se olvidó de él, ni siquiera en semejante situación; estas cosas no lograron cambiar su fe en Dios. En cualquier circunstancia, Lot confiaba en Dios siempre. Y así fueron Pablo y Pedro.

Sigamos su ejemplo. Debemos enfrentarnos con cualquier dificultad, como fieles hijos e hijas de Dios. Si fuéremos justos en Dios siempre, seremos puestos en alto, como Daniel también fue honrado y puesto en un alto cargo, aunque estaba cautivo; mas si no fuéremos estables en espíritu, seremos arrastrados por lo que nos rodea, volviéndonos como Judas Iscariote, quien abandonó a Dios muy fácilmente bajo condiciones desfavorables. Actuando como él, no llegaremos a participar de la gloria del cielo. Los 144 mil no deben dejarse llevar por ninguna circunstancia. Así como un girasol vuelve su faz siempre hacia el sol, nosotros debemos dirigir nuestros corazones hacia Dios, y seguirlo dondequiera que vaya.

¡Miren alrededor! Hay cerca de seis mil millones de personas en esta tierra. Todos ellos son objeto de predicación, y todo lugar en la tierra es un enorme campo de predicación. Prediquemos a todos dondequiera que vayamos, como el apóstol Pablo. Con los talentos que hemos recibido, esforcémonos en buscar a nuestros hermanos y hermanas perdidos en todo el mundo.