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La ambición de las bendiciones espirituales

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Podemos encontrar una gran diferencia entre la actitud de los entendidos y la de los que no entienden. Dentro de la verdad, también hay dos tipos de personas: los sabios que acumulan las bendiciones que están en lugares invisibles, entendiendo las palabras de Dios, y los necios que no las entienden, a pesar de que Dios les dio una situación favorable para recibir bendición, y que las destruyen.

Tenemos que ser sabios y acumular las bendiciones del reino de los cielos que Dios ha preparado para nosotros. Para acumular las bendiciones espirituales se necesita la mentalidad de Jacob, quien nunca dudó ante ninguna dificultad o sacrificio. La familia de Sion debe acumular las bendiciones que están en lugares invisibles, con la ambición de la bendición espiritual, y no de las cosas físicas.

Jacob pidió a Dios su bendición

Jacob, con la gran ambición de recibir la bendición, compró la primogenitura de Esaú con un guiso rojo, y también obtuvo, con ayuda de su madre, la bendición del primogénito, que debía recibir su hermano mayor. Esta obra de Jacob causó el gran odio de su hermano mayor Esaú, y lo llevó a refugiarse en la casa de su tío Labán; allí pastoreó ovejas durante 20 años.

Después de ese tiempo, Jacob pudo regresar a su casa. Pero antes de llegar a su casa, Jacob se encontró con Dios en el vado de Jaboc. En ese momento, Dios quería pasar sin bendecirlo, pero Jacob le suplicó y le pidió que lo bendijera, diciendo: “No te dejaré si no me bendices”. Dios descoyuntó el muslo de Jacob, pero él nunca soltó la mano de Dios. Jacob pidió la bendición toda la noche pertinazmente, y Dios no pudo resistir su pasión. Finalmente, Dios llamó a Jacob “Israel”, que significa ‘el que lucha con Dios y vence a Dios’, y lo bendijo. “Luchar con Dios” no significa algo malo, sino que Jacob suplicó a Dios aun cuando sufrió el dolor del descoyuntamiento de su muslo para recibir la bendición. Mejor dicho, Dios vio su pasión y lo bendijo.

La meta de nuestra fe es entrar en el eterno reino de los cielos. Al ver que se acerca el día en que regresaremos a nuestra eterna patria celestial, debemos tener la ambición de las bendiciones. Como Jacob suplicó a Dios aun cuando sufrió el dolor del descoyuntamiento de su muslo para recibir la bendición de Dios, tenemos que ser los hijos celestiales que acumulen las bendiciones espirituales anhelando alcanzar el reino de los cielos.

Esfuerzos para el lugar adonde debemos ir

En el Talmud hay un cuento que nos hace comprender el mundo espiritual. Había un siervo que trabajaba en la casa de un rico. Durante mucho tiempo fue fiel en su trabajo y su señor le concedió la libertad quemando el documento que lo obligaba a servir y obsequiándole muchas cosas lujosas. También le dio un barco para que se llevara todo. El siervo estaba muy feliz; pero durante el viaje se encontró con el gran viento y las olas, y perdió todo lo que tenía. Solo él se salvó de milagro y llegó a una isla sin nada.

La gente de la isla le dio la bienvenida sin ninguna razón, y lo proclamó su rey sin ninguna condición. El hombre sentía que cada día pasaba como un sueño. Hasta hacía un día había sido siervo, pero desde ese momento era rey y estaba muy feliz con tantas comidas exquisitas y diversos deleites.

Un día, se acercó a él uno de sus súbditos fieles y le reveló un importante secreto. Según las reglas de esta isla, cuando un extranjero naufraga y llega a esta isla, se le sirve como rey; pero después de un año se le envía a la isla de la muerte, y se le hace vivir allá hasta que muera. Escuchando este secreto, el rey de repente se despertó de su dulce sueño. Entonces preguntó a su súbdito qué podía hacer. El súbdito le aconsejó que ordenara preparar su vida futura mientras duraba su reinado.

El siguiente día, el rey fue a inspeccionar la isla de la muerte. En esta isla no había ni un árbol, ni plantas, ni agua para beber, ni siquiera una casa. Con prisa, mandó a sus súbditos que construyeran una hermosa casa, cavaran pozos y trasladaran las cosas importantes de la isla en la que vivía, a la isla de la muerte. Y también envió a los que lo servirían. Como era la orden del rey actual, todos los súbditos obedecieron.

Finalmente, al llegar la hora determinada, el rey fue enviado indefectiblemente a la isla de la muerte. Pero esta isla era muy diferente de la miserable vida que habían llevado las personas que antes habían sido enviadas y murieron. Este hombre pudo pasar el resto de su vida cómodo y feliz, como en la otra isla.

Este cuento de Talmud nos hace pensar en el lugar adonde tenemos que ir. La vida tiene un límite. Todos los hombres que nacen en esta tierra tienen que trasladarse a otro mundo después de vivir en este mundo durante un tiempo de un año, diez años o cien años. Para el lugar adonde debemos ir, tenemos que comenzar a construir una casa, cavar pozos y plantar árboles y flores en seguida. Todo lo que hayamos invertido, al final regresará a nosotros mismos.

Por eso, Dios nos dijo: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba” (Col. 3:1). Por supuesto que debemos vivir esforzándonos mientras estamos en esta tierra; pero esta palabra de Dios nos enseña que también debemos esforzarnos con todo nuestro corazón para buscar y recibir la bendición del cielo eterno adonde debemos ir. Para el que no prepara nada, el lugar venidero será una verdadera isla de la muerte, pero para el que se prepara, incluso la isla de la muerte se convertirá en la isla de la vida.

Andad en el Espíritu

Tenemos que prepararnos para el lugar adonde debemos ir, como el sabio protagonista de este cuento. Jesús nos dijo: “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt. 11:12), y: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Ap. 2:10). Necesitamos recordar en nuestro corazón que Dios bendice abundantemente al que le es fiel y se esfuerza por entrar en el reino celestial, y no al que no hace nada. Y debemos poseer abundante deseo del Espíritu Santo y prepararnos para el reino venidero de Dios. La Biblia nos enseña que los que andan en los deseos de la carne no pueden recibir la herencia del cielo.

『[…] Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne […] Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, […] los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza […] Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu […]』 Gá. 5:16-26

Los que tienen la ambición de la bendición del Espíritu Santo, andan en el Espíritu. El deseo de la carne actúa contra el del Espíritu Santo. Si anda en el deseo de la carne, la bendición espiritual se alejará poco a poco.

Dios nos dijo que recompensaría a cada uno según sus obras. Pero si no construimos ni siquiera una casa ni plantamos un árbol en el reino de los cielos, ¿qué tendremos cuando vayamos allá? Aunque en esta tierra hay muchas cosas que alegran los ojos y los oídos y atraen los corazones de muchos, la vida en esta tierra tiene una determinada duración. Aunque antes no hayamos sabido esto por ocupar nuestra mente en beber, comer y disfrutar de esta vida, desde el momento en que entendamos que la hora de vivir como reyes se está terminando, debemos ser sabios y esforzarnos por entrar en el reino eterno adonde debemos ir.

『[…] Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios […] si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis […] Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.』 Ro. 8:5–17

Dios nos permitió ser herederos del eterno reino de Dios. Estos herederos no están obligados a vivir según el deseo de la carne, sino según el deseo del Espíritu Santo con mucho interés en las bendiciones espirituales.

Ellos acumulan sus bendiciones según las enseñanzas de Dios, pensando en cómo recibir hoy más bendiciones de Dios, como Jacob. Pero a los que menosprecian las bendiciones, como Esaú, les será arrebatado el reino celestial. La Biblia nos enseña en muchas partes que los que viven según la carne, no pueden agradar a Dios.

Las bendiciones que se acumulan desde lo muy poco

Ser fiel en lo que Dios nos encarga es la forma más rápida de acumular las bendiciones espirituales. El libro de Mateo nos muestra la manera de acumular las bendiciones espirituales.

『[…] un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos. Asimismo el que había recibido dos, […] Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor […]』 Mt. 25:14-23

Trabajar con el talento que Dios nos ha dado y ganar muchos más, es la obra de acumular las bendiciones en el reino de los cielos. Dios promete a los que llevan a cabo la misión de salvar almas: “Los que enseñan la justicia a la multitud, [resplandecerán] como las estrellas a perpetua eternidad” (Dn. 12:1-3).

Si este evangelio del reino es predicado en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones, entonces Dios reunirá a todas las naciones y las juzgará con justicia. Dios nos enseña lo que tenemos que hacer para andar en el deseo del Espíritu Santo, mostrándonos de antemano la escena del juicio.

『Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria […] serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. […] en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. […] en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.』 Mt. 25:31-46

“Prepárense para entrar en el reino de los cielos.” Esta enseñanza nos hace comprender lo que tenemos que hacer ahora.

Dios toma muy en cuenta cada una de nuestras actitudes, hasta las más pequeñas, y prepara bendiciones invisibles en el reino de los cielos para nosotros. Dios ya nos ha enseñado todo mediante la Biblia: qué nos disminuye las bendiciones y qué nos las aumenta.

Las actitudes más pequeñas también pueden ser importantes para acumular bendiciones en el cielo. Y hacer algo a los más pequeños también nos permite ahorrar bendiciones espirituales. Por eso, debemos prestar más atención incluso a las cosas más pequeñas y esforzarnos en enseñar la justicia a la multitud, utilizando los talentos del evangelio, para acumular más bendiciones en el cielo.

Los que fueron bendecidos por respetar a Dios

Cuando Dios vino a esta tierra en cuerpo hace dos mil años, muchas personas no lo reconocieron y lo rechazaron. No obstante, entre ellos había algunos que habían recibido a Cristo con entendimiento y acumulaban bendiciones en obras pequeñas. Sus palabras llenas de fe nos enseñan muchas cosas, cruzando la barrera del largo tiempo de dos mil años.

“Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.” Mt. 8:5-10

El centurión sabía que el superior podía ordenar al menor, diciendo: “Ve y ven”; por eso, no podía pedirle a un hombre como Jesús, el santo y altísimo, que viniese a su casa. Por esta razón, le rogó diciendo: “Solamente di la palabra, y mi criado sanará”. De este modo, los que tienen la ambición de las bendiciones espirituales, poseen una fe que les hace respetar y apreciar a Dios, quien vino a esta tierra en cuerpo.

『Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.』 Mt. 9:20-22

Estas sorprendentes cosas suceden por haber acumulado las bendiciones espirituales. Aunque un gran número de personas había tocado el manto de Jesús, el poder del Espíritu Santo solo se manifestó a la mujer enferma de flujo de sangre. También en este caso, la fe y la actitud de uno mismo hacia Jesús, llegó a ser el fundamento de la acumulación de las bendiciones espirituales.

『Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! […] y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor. Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos.』 Mt. 9:27-30

Cuando Jesús pronunció la palabra: “Conforme a vuestra fe os sea hecho”, todas las bendiciones que ellos habían acumulado, reaccionaron con su palabra y los ojos cerrados en la oscuridad fueron abiertos. Muchos menospreciaban a Jesús y hacían con él todo lo que querían, pero estos dos ciegos respetaban y apreciaban mucho a Jesús. Así lo hicieron el centurión y la mujer enferma de flujo de sangre.

Todos aquellos que recibieron la bendición de Jesús, siempre lo respetaban y apreciaban, y en consecuencia recibieron la gracia de Dios. Con todo esto, se cumplió la palabra: “Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco” (1 S. 2:30).

Arrebatemos el reino de los cielos

Aparte de todo esto, en la Biblia hay muchas escrituras para recibir bendiciones de Dios. Mediante estas palabras debemos adquirir entendimiento. De lo contrario, no podremos tener la ambición espiritual. El apóstol Pablo pudo predicar el evangelio sin temor a la muerte al entender las bendiciones espirituales del cielo. Mediante la Biblia, podemos entender que Pablo logró ver el tercer cielo a través de una revelación. Al ver la inmensa gloria del cielo que no se compara con la de esta tierra, Pablo corría en el camino del evangelio con todas sus fuerzas.

Les he dicho sinceramente a todos los hermanos de Sion, las cosas venideras, como el súbdito fiel del cuento. Cuando llega el debido tiempo de la vida, tenemos que irnos de aquí. Esta tierra no es un mundo en el que podemos quedarnos eternamente. Por eso, preparemos el reino de los cielos con el deseo del Espíritu Santo y entendimiento de la palabra, como los antepasados de la fe.

No podemos tener una ambición espiritual menor a la que tuvo Jacob, sino mucho mayor. Jacob suplicó sin rendirse, entendiendo cuán preciosa es la bendición de Dios. Aquella obra se originó en su fe y su pasión.

Ahora estamos de pie sobre el vado de Jaboc. ¡Familia de Sion! Para ganar las preciosas bendiciones que Dios da, arrebatemos el reino de los cielos con toda la pasión y con toda la fe, como Jacob, y regresemos a la patria eterna con cien, mil, diez mil veces más bendiciones que Jacob. Reciban muchas bendiciones del cielo.

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