Dios que abre la puerta de la esperanza

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Al vivir en este mundo, en ocasiones podemos encontrarnos con pruebas y obstáculos. Hay muchas personas que, al enfrentarse a los problemas, se rinden o se desaniman sin hallar una respuesta.

Sin embargo, al recorrer los 66 libros de la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, podemos descubrir una verdad: cada vez que el pueblo de Dios se enfrenta a pruebas u obstáculos, Dios siempre abre de par en par, tras cada una de ellas, la puerta de la esperanza. La vida en esta tierra a veces es ardua y difícil, pero todo forma parte del camino que nos conduce al reino eterno de los cielos. Y el cielo hacia el cual avanzamos está lleno de esperanza. Es un mundo de gracia preparado para nosotros, donde no hay muerte, ni dolor, ni tristeza, sino una vida verdaderamente gloriosa que se prolonga día tras día. ¡Cuán emocionante y llena de esperanza es esta promesa!

Que, caminando siempre junto a Dios, lleguemos a ser una familia celestial que, en el reino eterno de los cielos, sirva a Dios y disfrute por los siglos de los siglos de la bendición de la vida eterna.

La esperanza que Dios va abriendo

La vida del pueblo de Israel, que durante unos cuatrocientos años vivió como esclavo en Egipto, fue verdaderamente dura y agotadora. En medio de aquel lugar de sufrimiento, ellos, generación tras generación, elevaron cada día sus oraciones a Dios, suplicándole que los redimiera. Entonces Dios envió a Moisés y desplegó la historia de liberación que ellos anhelaban con todo su corazón. Y no solo eso, sino que además les preparó la tierra de Canaán, donde ellos y sus descendientes podrían habitar en paz.

En el proceso de dirigirse a Canaán, la tierra donde fluye leche y miel, se extendía ante ellos el desierto como un espacio real. El desierto es, literalmente, un páramo desolado, una tierra estéril donde no se ve más que arena y sequedad. Dios tenía un propósito claro al guiar a Israel por un entorno así. Si hubieran tenido que pasar por tierras fértiles camino a Canaán, habrían tenido que librar guerras día tras día contra los pueblos que ya se habían establecido allí.

Egipto quedó atrás y, al cumplirse un mes, el alimento que habían llevado preparado estaba casi agotado. Canaán, a la que en línea recta se podía llegar en apenas diez días, seguía sin aparecer aún después de un mes; y el corazón del pueblo comenzó a llenarse de temor y de una sensación de crisis. Tan solo los hombres de veinte años en adelante sumaban seiscientos mil; y si añadimos a las mujeres y a los niños, se estima que eran alrededor de tres millones de personas en marcha. En una situación así, sin ver agua ni alimentos —lo más indispensable para sobrevivir—, ¡qué ambiente tan desesperanzador habría habido! Desde entonces comenzaron las quejas: “No hay agua”, “No hay alimento”. Y en lugar de agradecer la gracia de Dios, quien los había librado de la esclavitud en Egipto, no cesaron las murmuraciones ni el descontento.

Aunque en el camino por el desierto se presentaron muchos obstáculos, Dios siempre les abrió la puerta de la esperanza y, al final, les concedió la tierra de Canaán que había prometido. En el desierto no murió ni una sola persona por sed, ni una sola por hambre a causa de la escasez. Dios hizo llover cada día el alimento como si fuera rocío del cielo; cuando faltaba el agua, hizo que, al golpear la roca, brotara un manantial, de modo que nada les faltara. A los ojos del hombre, aquel era el lugar más desfavorable para sobrevivir, donde todo parecía insuficiente; pero precisamente allí Dios abrió una historia de esperanza.

“Hazme saber, Jehová, mi fin, Y cuánta sea la medida de mis días; Sepa yo cuán frágil soy. He aquí, diste a mis días término corto, Y mi edad es como nada delante de ti […]. Ciertamente como una sombra es el hombre; Ciertamente en vano se afana; Amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá. Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti.” Salmos 39:4-7

Cuando ponemos nuestra esperanza en Dios, podemos seguirle adondequiera que él nos guíe. Por más árido que sea el lugar, por más grande que sea el obstáculo, para quienes han puesto su esperanza en Dios, la puerta de la esperanza siempre está abierta. Por eso, en un desierto donde ni un solo grano pudiera crecer, descendió del cielo, día tras día, alimento suficiente para toda aquella multitud durante cuarenta años. Y allí también, al golpear la roca, brotaba agua en abundancia, preparada en cada lugar, de modo que todo el pueblo pudiera beber sin falta.

En el proceso de vivir en este mundo, es imposible que no existan dificultades. ¿Acaso no es precisamente la presencia de esas olas de dificultad la que nos da la fuerza para seguir avanzando? Cuando surgen las pruebas, la Biblia nos enseña a no desanimarnos ni rendirnos, ni intentar volver al pasado, sino a poner nuestra esperanza en Dios. Dios es quien nos abre la puerta de la esperanza. Aunque uno se encuentre al borde mismo de la desesperación, para quien confía en Dios y pone en él su esperanza, la puerta de la esperanza permanece siempre abierta.

La Madre celestial también nos ha dicho siempre: “La bendición viene envuelta en el papel del sufrimiento”. En cada etapa del camino del evangelio que emprendemos, a veces nos esperan obstáculos, dificultades y situaciones que quisiéramos evitar; pero no podemos dejar de pasar por ese camino. Como seres humanos, cualquiera se preocuparía y se angustiaría por las dificultades reales. Sin embargo, nosotros debemos añadir una reflexión más: ¿en quién estamos confiando y apoyándonos ahora? Nuestra esperanza está en Dios.

La desesperación de quienes se olvidaron de Dios

Aun en el desierto, Dios había preparado una puerta de esperanza. Sin embargo, muchos no pudieron verla; se entregaron a la desesperación y, al final, acabaron pereciendo.

“Y volvieron de reconocer la tierra al fin de cuarenta días. Y anduvieron y vinieron a Moisés y a Aarón, y a toda la congregación de los hijos de Israel, en el desierto de Parán, en Cades, y dieron la información a ellos y a toda la congregación, y les mostraron el fruto de la tierra. Y les contaron, diciendo: Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac. […] Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos. Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.” Números 13:25-33

Se trata de la escena en la que los doce espías exploran Canaán y, al cabo de cuarenta días, regresan al campamento de Israel para presentar su informe. Diez de ellos reportaron que todo era desfavorable: “Allí había pueblos de gigantes. Los habitantes de esa tierra son fuertes; las ciudades están fortificadas y son muy grandes. Nosotros éramos como langostas, y ellos, como hombres”. Al escuchar únicamente palabras impregnadas de derrotismo, todo el pueblo cayó en la desesperación.

“Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en este desierto ojalá muriéramos! ¿Y por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a espada, y que nuestras mujeres y nuestros niños sean por presa? ¿No nos sería mejor volvernos a Egipto?” Números 14:1-3

Cuando salieron de la esclavitud en la tierra de Egipto, aquellos mismos habían seguido con gozo a Moisés y a Aarón, alabando a Dios que los había salvado. Sin embargo, después de escuchar el informe negativo de diez de los doce espías, perdieron la fe; lloraron y clamaron durante toda la noche, murmuraron contra Moisés y Aarón, y finalmente llegaron a decir que regresaran a Egipto y renunciaran a la tierra que Dios había prometido.

Josué y Caleb, que miraron a la esperanza

Cuando el desánimo se apoderó de todos y la esperanza parecía derrumbarse por completo, llegando la frustración a su punto máximo, Josué y Caleb clamaron con fuerza.

“Entonces Moisés y Aarón se postraron sobre sus rostros delante de toda la multitud de la congregación de los hijos de Israel. Y Josué hijo de Nun y Caleb hijo de Jefone, que eran de los que habían reconocido la tierra, rompieron sus vestidos, y hablaron a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra en gran manera buena. Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel. Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra; porque nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis.” Números 14:5-9

Aunque todos habían ido juntos a explorar la tierra, diez de ellos no tuvieron en cuenta a Dios y solo informaron lo que vieron y sintieron en la realidad visible. Pero aquellos dos eran distintos: “¡Dios está con nosotros! ¿De qué hemos de temer? ¡Ellos serán nuestro pan!”. Josué y Caleb vieron la verdadera situación —la realidad de que Dios estaba con ellos— porque confiaron de manera absoluta en la promesa de Dios, quien había dicho que entregaría aquella tierra a Israel.

Quien vive sin poner su esperanza en Dios no logra ver a Dios; solo mira la realidad que tiene delante. Al final, de los seiscientos mil hombres de veinte años en adelante que salieron de Egipto, no entró en Canaán ni uno solo, excepto Josué y Caleb (Nm 14:26–38). No había camino para llegar a Canaán sin confiar en Dios. Solo a Josué y a Caleb, que confiaron en Dios de manera absoluta, Dios les concedió aquella tierra donde fluye leche y miel.

Hoy nosotros caminamos por el desierto de la fe. En este camino, en ocasiones, pueden presentarse ante nosotros circunstancias aún más desesperanzadoras que aquellas que enfrentó el pueblo de Israel en el desierto. Sin embargo, por muy desalentadora que sea la situación o el entorno, Dios, quien siempre nos abre la puerta de la esperanza, está con nosotros.

En lugar de pensar que no es posible y rendirnos, debemos tener esta actitud de vida: “Dios está con nosotros; sin duda hay un camino. Avancemos confiando en las promesas de Dios”. Creo firmemente que esta disposición es indispensable para nosotros.

A veces ocurre que, en tiempos normales, ponemos nuestra esperanza en Dios, pero cuando llega la situación difícil, la olvidamos. También el pueblo de Israel, al salir de Egipto, tenía fe para apoyarse en Dios; pero al vivir en el desierto, comenzó a mirar una y otra vez la realidad. Asimismo, los diez espías olvidaron por completo la promesa de Dios y solo hablaron de lo que veían con sus ojos. Desde entonces surgieron las quejas. No debemos desesperarnos ni desanimarnos, pase lo que pase. Siempre debemos poner nuestra esperanza en Dios y fijar la mirada en él. Aunque sintamos que todo está bloqueado como por un muro, en Dios hay, sin duda, un camino que él ha preparado para nosotros.

La puerta de la esperanza que Cristo abrió

No temamos los obstáculos que encontramos en la vida en esta tierra; más bien, confiemos todo a Dios y avancemos resolviendo cada situación. Entonces podremos descubrir la puerta de la esperanza que Dios ha abierto para nosotros.

“Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón […]. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red.” Lucas 5:1-5

Pedro, que era pescador, había echado las redes durante toda la noche, pero no había atrapado ni un solo pez. Para un pescador que vivía de la pesca, era una situación en la que no podía sino desanimarse y desesperarse. Entonces Jesús le dijo que fuera a aguas más profundas y echara allí las redes.

Si Pedro hubiera dicho: “Estoy cansado; ya no puedo más”, y no hubiera obedecido la palabra, no habría podido experimentar el milagro. Pero apoyándose en la palabra, volvió a echar las redes y, de inmediato, atrapó tal cantidad de peces que dos barcas casi se hundían (Lc 5:6–11).

Cuando sentimos que no tenemos ningún camino, Dios abre la puerta de la esperanza y nos guía para que podamos dirigir la mirada hacia ella. Para los creyentes que seguían a Jesús, el momento más desesperanzador debió de ser cuando el Señor fue clavado en la cruz y entregó su vida. Ellos vieron cómo el líder, a quien seguían, era llevado por los soldados romanos y crucificado, y también presenciaron el instante en que exhaló su último aliento. “¿Qué haremos ahora? ¿En qué y cómo debemos creer?” Temblando de miedo, se reunieron y cerraron bien las puertas con llave.

Pero en medio de todo aquello, Jesús, al tercer día, rompió el poder de la muerte y resucitó de entre los muertos. Durante cuarenta días, él mismo confirmó a sus discípulos que estaba vivo, y después ascendió al monte de los Olivos. Mientras contemplaban su ascensión, los discípulos oyeron la voz del ángel que decía: “Este Jesús, que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá de la misma manera en que lo habéis visto ir al cielo”. Por medio de estos hechos, su fe —una fe que pone la esperanza en Dios— se fortaleció aún más.

Diez días después, el día de Pentecostés, mientras estaban reunidos en oración en el aposento alto de Marcos, recibieron el Espíritu Santo de la lluvia temprana. Antes ocultaban que creían en Jesús, pero ahora proclamaban con gran valentía: “Solo Jesucristo es el Salvador que puede salvar a la humanidad; quien desee recibir la salvación debe creer en Jesús”. Aun así, la sociedad judía seguía considerando a Jesús apenas como “el hijo del carpintero”, y rechazaba la fe en él, calificándola de “una religión que cree a un hombre como Dios” o de “la secta de los nazarenos”. Sin embargo, los discípulos que habían sido testigos directos de la resurrección y la ascensión de Jesús se llenaron de un valor extraordinario y cumplieron fielmente su misión como testigos, anunciando a toda la humanidad que Dios se hizo hombre y llevó a cabo una obra de salvación asombrosa y llena de gracia.

El cumplimiento del evangelio: la puerta de la esperanza abierta para la humanidad

En el momento más desesperanzador, Cristo mostró a todos los creyentes que él mismo es la gran puerta de la esperanza. También nosotros, que vivimos en la época del Espíritu Santo, no debemos quedarnos atrapados en la decepción ni en el desaliento, sino mirar la puerta de la esperanza que Dios ha preparado y avanzar para completar el evangelio en todo el mundo.

En esta época, Dios ha dado a los santos la misión de completar el evangelio. Cuando oímos “completar el evangelio en todo el mundo”, algunos se preocupan pensando cuándo y cómo podremos predicarlo a los más de ocho mil millones de personas del planeta. Pero no hay necesidad de preocuparse en absoluto, porque es algo que Dios ha prometido.

“Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo. Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.” Mateo 24:13-14

La promesa de que el evangelio del reino de los cielos será predicado en todo el mundo es una profecía que el mismo Jesús nos anunció cuando vino a esta tierra hace dos mil años. Esta obra sin duda se cumplirá. Y nosotros hemos sido llamados a participar en lo que Dios hará realidad.

Para transformar este mundo sombrío y oscuro en un mundo de luz, demos a conocer el nuevo pacto; proclamemos también el nombre nuevo del Padre celestial; anunciemos a la Madre celestial y a la Iglesia de Dios. Abrámosles de par en par la puerta de la oportunidad, para que todos los pueblos del mundo puedan hallar el camino de la salvación.

El camino no es fácil. Cada país y cada cultura tienen sus propias dificultades. Sin embargo, puesto que Dios ha dicho que el evangelio del reino de los cielos será predicado en todo el mundo, debemos creer en su palabra. Nosotros tenemos a Dios, quien nos ha prometido la Canaán celestial y nos guía hacia ella. A nuestros ojos, hay limitaciones por un lado y restricciones por otro; pero no miremos solo las limitaciones. Miremos siempre la promesa de Dios y fijemos la mirada en él.

El motivo por el cual hoy Sion existe en todo el mundo es que tenemos a Dios, quien siempre nos abre la puerta de la esperanza. Cuando todo ha avanzado conforme a la palabra de Dios, precisamente en los lugares donde todos se rendían y caían en el desánimo, siempre se ha manifestado la obra de la gracia. Por lo tanto, con fe, fijemos siempre la mirada en la puerta de la esperanza que Dios ha abierto. Y que también en este nuevo año, demos abundantemente hermosos frutos del Espíritu, frutos de buen grano, para dar gloria a Dios.