Con pasos que llevan las buenas nuevas

Anais Vilchez, Faucett, Perú

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Todos deseamos vivir con alegría y felicidad, pero ya cuando era estudiante comprendí que en la vida llegan dificultades de manera inesperada. Debido a las cargas económicas y a los obstáculos de la realidad, tuve que renunciar a mi sueño de ser actriz. Aun así, no me desanimé. Esto se debió a que, antes de enfrentar esa disyuntiva sobre mi futuro, ya había recibido la verdad por medio de mi tía, y deseaba vivir conforme a las enseñanzas de la Biblia en cualquier trabajo que hiciera, para corresponder al amor que había recibido de Dios. Ahora, diecisiete años después, comprendo profundamente qué tipo de vida es realmente valiosa y bendecida.

Cuando era estudiante, mientras exploraba otras opciones de carrera, comencé a prepararme para ser periodista de televisión. Empecé por recomendación de mi madre, pero cuanto más estudiaba, más interés despertaban en mí el papel y la misión del periodista. Un periodista que recorre libremente el lugar de los hechos para informar la verdad: esa vida despertaba en mí mucha ilusión, y pensé que sería muy feliz si, al convertirme en una excelente periodista, podía manifestar la gloria de Dios. Agradecida con Dios por mostrarme esta nueva visión, me dediqué con alegría a mis estudios y, tras graduarme de la universidad, pude comenzar a trabajar como periodista en una cadena de televisión.

La realidad resultó muy distinta de lo que había imaginado. Para cubrir las noticias tenía que correr al lugar de los hechos, ya fuera de madrugada o de noche, y como siempre andaba contra el tiempo, en el trabajo me resultaba difícil no solo manifestar la gloria de Dios, sino incluso guardar plenamente los cultos. Sin embargo, esto ocurría cuando no buscaba la ayuda de Dios. Al orar fervientemente cada día pidiendo guardar bien la fe, no pasó mucho tiempo antes de que se me concedieran las condiciones para observar plenamente los cultos. Una vez más, Dios abrió un camino de bendición para quien le pide ayuda. Algunos compañeros no veían esto con buenos ojos, pero al dar lo mejor de mí en el trabajo y practicar la consideración y la disposición de ceder hacia quienes me rodeaban conforme a las enseñanzas de la Madre celestial, mis compañeros fueron respetando poco a poco mi fe. Cuando les ofrecía un pequeño refrigerio, se conmovían y decían: “Nadie había hecho esto por mí hasta ahora”, “Esto lo aprendiste en tu iglesia, ¿verdad?”. Al ver a mis compañeros agradecer incluso los pequeños gestos de bondad, siento en carne propia por qué debemos practicar el amor de Dios en un mundo cada vez más árido.

Por la naturaleza de mi profesión, cada día me encuentro con noticias de incidentes y accidentes. Aunque nadie los desea, a nuestro alrededor siempre suceden cosas malas. Aunque como periodista procuro mantener una postura neutral y objetiva, cuando me encuentro con personas que han sufrido incidentes inesperados, lo primero que siento es compasión. Por eso, deseando que quienquiera que conozca reciba la protección de Dios, me esfuerzo aún más en predicar la verdad de la Pascua, porque si dudo y no la predico, para cuando me arrepienta ya será demasiado tarde. Últimamente, los compañeros que han escuchado de la Pascua, antes de ir a un lugar peligroso, incluso me dicen: “Contigo aquí, estaremos a salvo”.

En mi trabajo, a menudo surgen oportunidades especiales para predicar el evangelio, como cuando conozco a celebridades y a altos funcionarios del gobierno. Ellos también son almas que deben oír sin falta la noticia de la salvación, así que, para que ni una sola persona se quede sin escucharla, les predico la palabra sin titubear. En el Perú, la Iglesia de Dios goza de la confianza de diversos sectores, al punto de haber recibido una medalla de honor del Congreso y un premio nacional ambiental, entre otros, por lo que muchas personas me reciben con agrado cuando les cuento que soy miembro de la Iglesia de Dios. Al ver la sorpresa de quienes dicen: “Nunca antes nadie me había explicado así la palabra de la Biblia”, mi orgullo y mi sentido de misión crecen aún más. Como periodista que informa la verdad con imparcialidad y justicia, deseo también dar a conocer a todos la verdad de Dios.

Estos pasos, que comenzaron con esta determinación, me llevan a lugares aún más lejanos cuando llegan mis vacaciones. Actualmente, los miembros del Perú parten en misiones de corto plazo hacia distintos continentes para predicar a todas las personas del mundo. Yo también participé en misiones de corto plazo en Brasil e Italia. En ese camino de predicación en el extranjero, al que partí con ilusión, me encontré con dificultades inesperadas. No lograba adaptarme a la comida ni al entorno locales, y todo mi cuerpo me dolía por el cansancio y la tensión. Como el periodo de misión era limitado, no quería desperdiciar el tiempo, así que seguí predicando a pesar de las molestias físicas, sin dejar de pensar en el Padre celestial. Porque Él, mientras realizaba un trabajo agotador, debió de predicar durante largos años en medio de un dolor físico que nunca cesaba. También me conmovieron las dificultades de los profetas coreanos que siguieron al Padre y vinieron hasta el lejano Perú para predicar el evangelio, y sentí gratitud por ello. Al pensar en la gracia de Dios y siguiendo el ejemplo del Padre y de mis mayores en la fe, deseé fervientemente ayudar en la obra del evangelio en los países y ciudades donde aún no se ha predicado mucho.

En esta ocasión, al venir a Corea como parte del Grupo de Visita del Extranjero, aprendí qué debo hacer para convertirme en una profetisa aún mayor. Durante todo el programa de la visita, la Madre nos cuidó con un amor y un interés incesantes, y los miembros de Corea también nos atendieron con esmero, procurando que no sintiéramos la menor incomodidad. Fui feliz en cada momento en que recibí ese cálido amor en abundancia. Comprendí una vez más que lo que el Perú y el mundo entero necesitan es un amor puro e inmutable. Estoy convencida de que la vida más valiosa es aquella que ilumina al mundo con la verdad y transmite a muchas personas la calidez del amor recibido de Dios.

Gracias al entendimiento que Dios me concede en cada momento, se ha vuelto claro el camino que debo seguir de ahora en adelante. Dondequiera que esté y cualquiera que sea mi trabajo, apreciaré y pondré en práctica la palabra de Dios, y me esforzaré por salvar almas. Para que, más allá del Perú, hasta en los países vecinos no quede ni una sola persona sin oír el evangelio, hoy también correré con esfuerzo por este camino que se me ha concedido.

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