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junio 30, 2020

Con la fe absoluta y el amor de la Madre

Surimon Jindaprapaporn, desde Bangkok, Tailandia

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Deseaba ser hija de Dios desde hacía mucho tiempo, y había estado en diferentes denominaciones incluyendo la Iglesia Católica y las protestantes. Sin embargo, ninguna de ellas me convencía como la verdadera iglesia. Por eso dudaba en ir a la iglesia.

Unos años atrás, estaba en Washington D. C., EE. UU., por mi trabajo. Un día, mientras realizaba algunas compras, recibí una llamada telefónica de una amiga.

“¿Te gustaría ir a la iglesia donde mora Dios Madre?”

Quedé muy sorprendida. Mi amiga me dijo que podía recibir la vida eterna en la iglesia donde mora Dios Madre. Tenía curiosidad por saber qué clase de iglesia era.

Fui a la iglesia, y después de estudiar la Biblia me convencí de que era la verdad. El siguiente día era el Día de Reposo, y visité nuevamente Sion, donde recibí la promesa de una nueva vida.

Mientras estudiaba la palabra de Dios, aprendí que debía orar en el nombre nuevo y que el Padre y la Madre celestiales vinieron a buscar a los pecadores como yo, que pecamos en el mundo angelical. Estaba totalmente sorprendida y admirada.

En marzo del siguiente año, expiró mi visa de trabajo y regresé a Bangkok. Ya que me resultó difícil el idioma inglés, pude comprender con más profundidad la verdad en tailandés. Quería predicar las buenas nuevas a mi familia, y guie a mis dos hermanas menores a Sion. No obstante, mi padre que vive en mi pueblo no estaba dispuesto a escuchar la palabra de Dios, diciendo que todas las iglesias son iguales. Mis hermanas y yo unimos nuestros corazones y oramos seriamente para que mis padres y familiares recibieran la verdad.

Mi pueblo es Phayao, un área rural solitaria, que está a doce horas en autobús desde Bangkok. La verdad del nuevo pacto aún no se predicaba allí. Cuando pensaba que mis familiares y parientes de mi pueblo no serían salvos porque no conocían la verdad aunque creían fielmente en Dios, sentía que mi corazón se quemaba y no podía quedarme tranquila. Por eso, un mes antes de la Pascua, pedí tres días libres en mi trabajo para visitar mi pueblo, Phayao.

Cuando estaba por salir, lágrimas rodaron por mis mejillas porque me preocupaba cómo predicaría sola la palabra de Dios. En ese momento, recibí una llamada telefónica de un miembro de mi Sion.

“Hermana, usted no está sola. El Padre y la Madre están con usted. ¡Ánimo!”

Cuando escuché al miembro decir esto, me animé. Ya que el Padre y la Madre están conmigo, creía firmemente que obtendría buenos resultados. Entonces me dirigí a mi pueblo orando.

En el momento que encontré a mis padres y a la familia de mi hermano menor, les prediqué la palabra de Dios. Entonces, para mi sorpresa, todos los miembros de mi familia, incluyendo mi padre que antes se había negado a escuchar la palabra de Dios, aceptaron el nuevo pacto y quisieron recibir a Dios Elohim. Mi padre estaba preocupado, diciendo: “Quiero guardar la Pascua, ¿pero quién vendría a esta remota zona?” Con un corazón palpitante, llamé al misionero en Bangkok.

“Cinco miembros de mi familia quieren bautizarse ahora.”

El misionero se alegró y prometió que vendría después del Día de Reposo. Fui a la casa de mi tía con alegría y prediqué nuevamente la palabra de Dios a su familia. Entonces mi tía, mi primo y su esposa quisieron recibir la verdad. Así que llamé nuevamente a Sion.

“Hay cinco personas más que quieren bautizarse.”

También fui a casa de los familiares y parientes de mi otra tía, y esa noche llamé a Sion otra vez.

“Un total de veinte personas están esperando ser bautizadas.”

Cuando el misionero llegó a Phayao, 23 personas incluyendo mis familiares y parientes renacieron como hijos de Dios. Agradecí a Dios una y otra vez. Después de un mes, llegó la Pascua, y otro misionero visitó mi pueblo para guiar la ceremonia de la Pascua, y todos ellos pudieron celebrarla con gracia.

A través de esta oportunidad, comprendí que el Padre y la Madre son verdaderamente nuestro Dios Todopoderoso y lo que más necesitamos en la predicación es una fe absoluta. Luego tuve la oportunidad de visitar Corea. A través de mi visita a Corea, conocí el amor de la Madre. La Madre dio la bienvenida a esta pecadora con su interminable amor que yo no merecía. Ella nos concedió su amor, que no puede ser comparado con ninguna clase de amor de este mundo, a todos los miembros del grupo de visita incluyéndome a mí.

Ahora comprendo que mi misión es predicar el amor de la Madre. Como hija de la Madre, quiero guiar muchas almas al camino del cielo transmitiendo el profundo e interminable amor de la Madre a mis parientes y vecinos, que aún no han recibido la verdad, y a todas las personas que encuentre. ¡Gracias, Padre y Madre!

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