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¿Cuántos días nos quedan en la vida?

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Hay muchas personas viviendo en el mundo, pero casi ninguna sabe exactamente cuánto tiempo le queda de vida. La mayoría de ellas pasan cada día que se les da, pensando solo en su vida en esta tierra. Sin embargo, también hay quienes piensan en el reino de los cielos y viven para el mundo eterno.

Entonces, ¿qué vida llevamos ahora? Necesitamos reflexionar para ver si estamos recorriendo ciegamente el camino de la fe con una vaga noción del cielo. Pensemos en la meta y la dirección de la vida que debemos elegir, preguntándonos: “¿Para qué debemos vivir?, ¿cómo debemos vivir?”.

La sabiduría para contar nuestros días

El político inglés Tomás Moro, conocido por ser el autor de Utopía, fue encarcelado en sus últimos años porque se negó a comprometer sus principios. Cuando su familia lo visitó en la cárcel, le dijeron que no debía morir así y lo persuadieron de que renunciara a su resistencia contra el rey, para que encontrara la manera de sobrevivir. Después de escuchar la sincera súplica de su familia, les preguntó cuántos años más sería probable que viviera en este mundo si lo hacía. Afirmaron que viviría unos veinte años más. Luego dijo lo siguiente:

“No puedo vender mi alma y renunciar a la vida eterna para vivir un poco más de tiempo”.

Con esto quiso decir que veinte años eran demasiado cortos en comparación con la vida en el mundo eterno después de la muerte, y que nunca podría renunciar a la eternidad solo por un poco más de tiempo.

Como él, necesitamos pensar en cuántos días nos quedan en la vida. La duración de nuestros días es de setenta u ochenta años. Aunque vivamos hasta los cien años, todos nuestros días pasan en un abrir y cerrar de ojos; vivimos solo por un tiempo limitado. Entonces, ¿cuánto menos tiempo nos quedará?

“¿Quién conoce el poder de tu ira, y tu indignación según que debes ser temido? Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.” Sal 90:11-12

El escritor de Salmos pidió sabiduría a Dios para contar los días que nos quedan en la vida. Esta es una palabra muy importante. ¿Qué nos sucederá si negamos a Dios, renunciamos a la fe y abandonamos nuestra misión del evangelio por nuestra corta vida terrenal? Cuando pensamos en cuántos días nos quedan por vivir, podemos entender para qué debemos vivir durante el resto de nuestra vida, de modo que podamos prepararnos sabiamente para el mundo eterno que vendrá pronto.

A algunas personas les quedan decenas de años de vida y a otras algunos años o días. Es una decisión muy necia renunciar a la vida eterna, que Dios nos ha prometido, por esta vida transitoria. Necesitamos contar nuestros días y ganar sabiduría, para que seamos suficientemente dignos de entrar en el eterno reino de los cielos.

El mundo eterno invisible

Nada en esta tierra es eterno y nadie puede permanecer aquí para siempre. Por muy poderoso que sea uno, no tiene más opción que dejar este mundo a su debido tiempo. Así es la vida.

“Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un pensamiento. Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos.” Sal 90:9-10

Sería bueno que todos los días de nuestra vida pasaran en el gozo de Dios. Sin embargo, la Biblia menciona que la vida de la mayoría de las personas declina a causa de la ira de Dios. En otras palabras, gastan su juventud y pasión en perseguir los placeres de este mundo pecaminoso, en lugar de vivir de acuerdo con la agradable voluntad de Dios.

Además, los días pasan muy rápido, como dice la Biblia: “Pasan pronto, y volamos”. Si calculamos cuántos días de vida en este mundo le queda a cada uno de nosotros, sabremos que no nos queda mucho tiempo, sino muy pocos días, como un instante. Sin embargo, el tiempo en el reino de los cielos que Dios ha preparado para nosotros es eterno.

“Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” 2 Co 4:16-18

La Biblia enseña que lo que buscamos es las cosas del mundo invisible, no las cosas visibles de la tierra, y que las cosas visibles son temporales, mientras que las invisibles son eternas. Dios les ha dicho a sus hijos que cuenten los días restantes en la tierra para que puedan elegir las cosas eternas y obtenerlas.

La misión de los obreros del nuevo pacto conduce a la eternidad

Cuanto más vivo como peregrino en la tierra, escucho más a menudo sobre la muerte de mis conocidos. Ya que sus cuerpos regresan a la tierra, la sabiduría, la riqueza y el poder que tenían son completamente insignificantes y gradualmente desaparecen de la memoria de las personas. Sin embargo, las obras del evangelio de los santos, que han llevado la vida de la fe en este mundo y son guiados a los brazos de Dios, permanecen como hermosos frutos inolvidables. Por esa razón, Dios siempre nos dice que seamos obreros del nuevo pacto.

“el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.” 2 Co 3:6

“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” Mr 16:15-16

Dios nos ha calificado para ser obreros del nuevo pacto e ir por todo el mundo y predicar el evangelio a todas las personas. Existen numerosos trabajos en esta tierra, y muchos se esfuerzan al máximo en sus empleos para vivir momentáneamente. Sin embargo, Dios nos ha dado oportunidades para trabajar por las cosas eternas, aunque sea un poco.

Dios nos eligió y llamó para ser obreros del evangelio del nuevo pacto y nos envió al mundo, que es un lugar de trabajo. Sin importar qué trabajo tenga cada uno de nosotros ni dónde estemos, nunca debemos dejar de predicar la voluntad de Dios a las personas que nos rodean. Los que crean en el evangelio que predicamos y se bauticen serán salvos; pero los que no crean serán condenados. Dado que se nos ha confiado la gran misión de salvar a todas las personas del mundo, debemos esforzarnos por predicar el evangelio hasta que alcancemos el cielo, nuestro refugio eterno.

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; […] Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” 2 Ti 4:1-8

El apóstol Pablo dedicó su vida a predicar el evangelio. Antes de ser martirizado, dijo que había llegado el momento de su partida y contó los días que le quedaban en la vida. Si hubiera negado a Jesús y abandonado su fe, podría haber sido liberado de la prisión. Sin embargo, nunca lo hizo, porque sabía que hay una tremenda diferencia, que es incomparable, en el tiempo entre la vida en la tierra y la vida en el mundo que Dios prometió. Por esa razón, Pablo dijo con confianza que le estaba guardada la corona de justicia, y recalcó a los santos que predicaran la palabra, instando a tiempo y fuera de tiempo.

La fe de los santos que anhelaban el cielo

Nuestros antepasados de la fe también recorrieron el camino de la fe comprendiendo que su vida en la tierra era solo temporal.

“que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra.” He 11:33-38

Los santos de la Iglesia primitiva, incluyendo al apóstol Pablo, fueron atormentados mientras predicaban el evangelio, sin embargo, no aceptando el rescate, sufrieron todo tipo de desventajas, siendo llamados herejes, pero no les importó nada. Fue porque sabían mejor que nadie que todo en esta tierra es temporal y que todos aquellos que los perseguían y se burlaban de ellos dejarían esta tierra a su tiempo. Como creían firmemente en que no debían renunciar a la vida en el eterno reino de los cielos para permanecer en este mundo un poco más de tiempo, pudieron considerar insignificantes todas las dificultades y pruebas.

Como cristianos, debemos comprender el concepto del tiempo en la tierra y en el cielo. En el momento en que olvidamos que nuestro tiempo en esta tierra es transitorio, toda nuestra sabiduría desaparecerá y pondremos en riesgo nuestra fe, siendo arrastrados por la tentación malvada del mundo. Inevitablemente murmuraremos contra Dios y renunciaremos a la fe cuando la vida se torne un poco más difícil.

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.” Ro 8:16-18

La Biblia dice que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Dado que los santos de la Iglesia primitiva creían en esto, nunca renunciaron al cielo, sin importar lo que atravesaran. Pensaban: “Pronto iré al eterno reino de los cielos. Entonces, si vivo unos años más en esta tierra negando a Cristo y perdiendo el reino de los cielos, ¿de qué sirve hacer eso y qué gozo o felicidad tendré?”. Tenían tanta fe que el mundo no era digno de ellos.

Hoy, también debemos poseer esta misma fe en nuestro corazón y abrir nuestros ojos espirituales al reino de los cielos todos los días, contando los días restantes de nuestra vida. Nuestro destino eterno es el cielo. Disfrutaremos de la vida eterna, las bendiciones y la felicidad con el Padre y la Madre celestiales en el cielo por los siglos de los siglos. Recordando esto, vivamos para el reino de los cielos mientras hacemos nuestros trabajos terrenales fielmente, pero mantengámonos alejados de los deseos mundanos.

Una vida que agrada a Dios

Dios ya nos ha dado la respuesta a las siguientes preguntas: “¿Cuántos días nos quedan en la vida? ¿Para qué debemos vivir o cuál es la forma más sabia de vivir?”. Aunque nuestra vida declinaba a causa de la ira de Dios antes de conocerlo, ahora llevemos una vida que agrade a Dios esforzándonos por salvar al mundo, como obreros del nuevo pacto. Cuando nuestros días lleguen a su fin, sin duda llegará el día en que confirmaremos que hemos pasado el tiempo más significativo en la tierra.

“[…] el cual [el evangelio] se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro. Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios,” Col 1:22-25

Pablo se gozó en el sufrimiento por los santos y cumplió en su carne lo que faltaba de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia. Vivió con la esperanza de recibir la eterna corona de justicia que Dios le había preparado, cuando regresara al cielo después de terminar su vida. La vida que llevan los obreros del evangelio con este tipo de fe es realmente feliz, ¿no es verdad?

“Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado.” 2 Ti 2:3-4

Ya que hemos sido elegidos como buenos soldados de Cristo, no podemos evitar el sufrimiento en nuestra vida. Para nosotros, que somos llamados como soldados de Cristo y obreros del nuevo pacto, este mundo ya no es un lugar de placer o de descanso mundano, sino un campo del evangelio. Aquellos que no trabajan, sino que simplemente descansan en el lugar de trabajo, realmente pasarán su vida declinando a causa de la ira de Dios, ¿no es así? Siempre que se nos presenten dificultades y aflicciones, pensemos en cuántos días nos quedan en la vida. Esto nos ayudará a renovar nuestra fe.

Cuando estábamos en el mundo, vivíamos sin conocer a Dios ni el cielo. Pero ahora escuchamos y aprendemos diariamente cómo vivir en el reino de los cielos, a través de la palabra de Dios. Como hijos de Sion, vivamos para la vida eterna y anunciemos a la gente, que todavía vive en vano, que no solo existe vida en esta tierra que dura solo un corto tiempo y luego desaparece, sino que también existe vida en un mundo eterno. Les pido sinceramente que sigan el verdadero camino de la fe para agradar y glorificar a Dios tanto como puedan, teniendo la sabiduría de contar sus días y predicando con entusiasmo la gloria del Padre Ahnsahnghong y nuestra Madre celestial, la Nueva Jerusalén, a Samaria y hasta lo último de la tierra.