Las lágrimas del caldero
En los tiempos antiguos, las madres coreanas encendían el fuego en el fogón de leña y cocinaban el arroz en un caldero. Así como se hace una casa, se hace un vestido o se hace un mueble, el arroz también se “hace” con esfuerzo: “hacer” algo no es obtenerlo de forma gratuita, sino producirlo con dedicación y esmero, por lo que este proceso es distinto de cocinar con una olla arrocera eléctrica o una cocina de gas, como es común hoy en día.

Para cocinar arroz en un caldero se necesita una mano experta en cada etapa: lavar el arroz, separar las impurezas, remojarlo, medir la cantidad justa de agua y prender la leña. Además, una vez puesto el arroz a cocinar, cuando el vapor comienza a brotar en suaves volutas, hay que limpiar sin cesar la tapa del caldero con un paño frío. De esa manera, el vapor condensado en el interior de la tapa se convierte en agua y fluye hacia abajo, sellando el espacio entre el caldero y la tapa.
Al agua que fluye por fuera del caldero se le llama las “lágrimas del caldero”. Ese nombre parece representar el arduo trabajo de estas madres, que debían cocinar arroz todos los días sin falta para su familia, así como sus penas ocultas: ni siquiera podían llorar con libertad, en medio de una vida dura junto a la familia del esposo. Se dice que los coreanos viven de la fuerza del arroz; en realidad, viven del sacrificio y la entrega de sus madres.